Día de Muertos - Marichoni



 "Buen amor y buena muerte,
no hay mejor suerte."
Dicho popular 

Se acerca noviembre y la ciudad de México empieza a vestirse de color naranja y amarillo por las flores de cempasúchil, se siente ambiente de fiesta. Se acerca el fin de año y la primera festividad es la del Día de Muertos.


Cualquiera que no sea mexicano preguntará: ¿hacen fiesta a los Muertos? Y nosotros, extrañados ante la pregunta, respondemos al momento: Sí, ¿Qué no es común a todas las culturas celebrar a los que se han ido? ¿qué el culto a los muertos no es de los más antiguos? Además de compartir esta visión tan humana, en México somos capaces de hacer una fiesta llena de color y revestida de alegría, ¿a qué se debe esto? A la certeza que compartimos, a partir de nuestras raíces: indígena y europea, de una creencia de vida eterna.


Entre esas expresiones mesoamericanas de los pueblos originarios, estaba ese viaje que se iniciaba con la muerte y que duraba el tiempo necesario para llegar al paraíso. Con la llegada de los europeos al territorio, incorporaron una nueva visión de la muerte, coincidiendo en esa idea de vida después de la muerte, expresada en la posibilidad de resurrección para todos los que compartimos nuestra especie.


Estas dos ideas entretejidas, nos han dado nuevas formas culturales acerca de la muerte, formas ejemplares para el mundo entero, que, como celebración, ha sido elevada a condición de Patrimonio de la Humanidad desde el año 2008. La hemos trasladado fuera de nuestras fronteras y ahora vemos estas manifestaciones multiplicadas y combinadas, con nuevos sellos internacionales.


Pero ¿cómo lo vivo yo? En mi familia nunca se celebró esta fiesta, no poníamos altar de muertos, esto lo he ido descubriendo al paso de los años y lo he hecho, entrando en contacto con grupos y personas que me han ido ampliando el espectro.


Poco visitábamos el panteón, nunca en estas fechas en que había aglomeraciones. Nuestra fe nos invitaba a hacer presentes en nuestra vida, a esos seres amados que un día estuvieron entre nosotros y nos abrieron el corazón, dándonos su amor. Su recuerdo, alimentado con fotografías, con anécdotas de su vida, con expresiones que habíamos hecho nuestras porque nos veíamos repitiéndolas aún sin haberlo deseado, formaban ya parte de nuestra identidad.


Pero ahora ya también aprendimos a disfrutar de los cempasúchil, la hermosa flor de los veinte pétalos, a divertirnos haciendo calaveras, esos versitos festivos, que utilizamos para burlarnos de amigos y conocidos, ridiculizando alguna de sus características; preparamos calabaza en tacha para los vivos y la acompañamos con el riquísimo pan de muerto, delicias culinarias que se han integrado a nuestro acervo; repetimos esos dichos que representan la idiosincrasia de nuestros ancestros: El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe; Mujeres juntas, sólo difuntas; A mí no me cuelguen el muertito.


Ahora esta fiesta me da identidad y sentido de pertenencia a esta tierra que Dios me ha dado como cuna y fuente de inspiración, lugar en el que he creado mi historia y en el que intento dejar huella de mi paso por la vida.




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