Después de ver los girasoles de Van Gogh

Updated: Oct 2, 2021




Jamás hay que dejar apagar el fuego de tu alma, sino avivarlo.


Todos nacemos con dones a veces desconocidos aún por nosotros mismos, y necesitamos de un personaje, como el caso de Teo y Vincent, de un suceso o de algún hecho que nos lance a descubrirlos, primero para nosotros mismos, y después para expresarlos a los demás ya sin temor a que resulten sin mucha validez sino como esa fibra que invita a la creación.

Yo no tengo una obra que pueda mostrarse o que permanezca, pero creo que, a partir de mi trabajo tan imperceptible, tan intangible, he contribuido a ofrecer a este mundo seres que, por algún encuentro que tuvieron conmigo, descubrieron la manera de ser más ellos y menos réplicas o reproducciones.

No puedo, como Vincent, mostrar en una sola obra mi participación para lograr que alguien hiciera, con su actitud, de este mundo un mejor lugar, pero creo que ha valido la pena ese detalle que pude ofrecer a cada persona, al dirigirme a ella y valorar por reconocerle el logro que invita a seguir adelante, a darse cuenta, por la visión ofrecida, lo que podía modificarse para engrandecer cada atributo que iba mostrando.

Eso es educar, ayudar a que otros saquen de dentro lo mejor que tienen, desarrollar las capacidades para convertirlas en habilidades y a reconocer habilidades para devolverlas, en servicio de amor, al mundo.

Esa ha sido mi obra perdida en el tiempo y el espacio, pero recuperada en esos niños a los que llamo hijos, a los que nombro nietos y a los que sigo mencionando alumnos.

Al menos quiero que esto valga para mí.

Ojalá que Vincent Van Gogh hubiera valorado su propia obra para haber deseado seguir viviendo.




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