Llegaste y me sentí colmada - Marichoni



El Corazón de la Madre
es el aula del niño.
Henry Ward


Septiembre 17 de 1966. Me estrené como mamá, ya lo era hacía unos ocho y medio meses antes, pero ese día te pude ver, no supe sino hasta ese momento tu sexo, tu tamaño, tu color. Eso me bastaba para decirte todo el amor que había acumulado no nada más en esos meses, sino desde muchos años antes, cuando arrullaba a mis muñecas. Es hombre y es muy guapo, y aunque no lo hubieras sido, a mí me lo hubiera parecido, pero ¿qué crees? Lo eras y lo eres.

Han pasado más de cincuenta y cinco años y supe, desde esa fecha, que grabé en mi corazón para siempre, que eras alguien más allá de mí misma, que traías tu equipaje y que a mí solo tocaría ayudarte a desempacarlo y a darle nombre a algunas cosas que allí había: tu lugar de origen y sus circunstancias, tu nombre y apellidos y su historia, con sus bondades y sus carencias.

Me entusiasmé al abrir ese maletín que venía lleno de cosas desconocidas, no sabía cómo las usarías, para qué y con qué fin. Y me tocó observarte, desde ese momento supe que todo lo que desempacabas era tuyo, me podía gustar, pero no era mío.

Sí, son más de cincuenta y cinco años en los que ahora sí puedo decir: Me ha gustado todo solo porque es tuyo.





Muy pronto estuviste acompañado, porque tuve cuatro bellezas más. Y no lo digo como metáfora, es una descripción, y ni me da pena decirlo…

Los cinco inspiraron mi trabajo como educadora de tiempo completo. Y cuando ustedes volaron para hacer su vida, seguí ejerciendo esa función hacia los hijos de otros, de esos alumnos de los que conozco solo una parcialidad. A ellos también les impongo mi maternidad, al fin a todos nos toca la imposición de algo.

Pero vuelvo a la belleza que antes mencioné, la que me dio el título de mamá. El que me hizo encontrar lo trascendente. Ustedes me enseñaron a estar presente y también a decir adiós, aunque ese adiós sea por un rato. Me enseñaron a reconocer que eran míos, pero no eran para mí. Por ello construí también mi propia historia, y como dicen por ahí: solo se es vieja una vez y no puedo desaprovechar la oportunidad de tener mi cuarto propio, mucho más importante: mi baño propio, mis espacios, mis cosas útiles y mis juguetes inútiles, eso también me lo enseñaron ustedes. Cuando los veo venir, me late el corazón con gran alegría y cuando se van, llorando un poco, recupero mi tiempo, mi espacio y mi idiosincrasia, tal vez, lejana a la de ustedes.



Sí, ser madre me ha fascinado y cuando sé que por ustedes también me titulé como abuela, vuelve a latirme con fuerza el corazón, trece estrellas, igualmente bellas y, otra vez, no es metáfora, es descripción exacta de la realidad, es mi mundo.

Sigo caminando, unas veces sola, otras con ustedes porque así me dicen que lo desean, y vuelvo a comprender que decir adiós no es para siempre, es por un rato y, tal vez por ello no es asfixiante, como le ocurre a quien por los hijos dejó de ser ella misma.

Yo, por ello, me sentí colmada.

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