Molécula - Adriana Ortega



I


Te contemplo desde el rincón en que me sumieron tus manos. Las mismas que de noche logran con su asedio que crea en tus mentiras, mientras prometo que será la última vez.


Es viernes, lo sé por el tono mareado de tu voz al gritar. Sofocado por ese humo de inconsciencia, un castillo apenas construido se derrumba. Vuelvo a reconocer el miedo en las pulsaciones de mi vientre; el sueño resbala de mis manos a estrujones, anegado por la angustia húmeda que corre en ellas. Por piedad, hoy no. Se doblan mis piernas, a mi pesar, el rito ha comenzado.


II


Estas ahí, sentado en nuestra banca. Veo fastidio en el gesto con el que me recibes. Trato, al consolarte, de conjurar el propio cansancio. Sé que los exámenes y el trabajo dejaron poco tiempo para planear la boda. Acaricio tu pelo, avientas mi mano. Abrazos, todo saldrá bien. Estamos juntos.


III


Enojado. Lo supe por la forma en que miras. Nuestro primer pleito matrimonial. Sonrío. No puedo evitarlo: he disfrutado tanto estos días que me parece gracioso tu disgusto. Te encuentro simpático con la frente arrugada y los brazos cruzados contra el estómago. Es cierto, tardé media hora más, pero el trabajo era apremiante y ya sabes cómo son los jefes: no le dejan a una respiro. El estado financiero era urgente para tramitar un préstamo y yo soy la responsable. Llamé, pero no hubo respuesta. Me arrebatas el celular. Creo que exageras. No, no me burlo, sólo que todo esto me parece excesivo. No, por favor, es un regalo de mamá. Por qué lo hiciste. Lloro. También estoy rota.


IV


¿Embarazada? No hay duda; el análisis de sangre es altamente confiable -un noventa por ciento, dice la médica- No es que no me complazca, pero ¿y si estuviera en el diez por ciento? Quiero estar segura será lo mejor para los tres. Te lo digo. Estás contento. Qué alivio. Siempre agrando las cosas. Total, sólo pediste que dejara el empleo que nos separaba. Seremos papás. Me alzas sostenida por la cintura. Súbitamente vuelvo a tierra. Aparecen tus lágrimas. Son de felicidad, pienso. Preguntas: “¿Lo quieres más que a mí?”. No sé qué decir. Oigo un portazo.


V


No logro contener el sueño. Me desdoblo, el cuerpo se aleja. Persecución de imágenes. Furioso; me recriminabas la falta de un desarmador, que parecía entrañable, a juzgar por lo desorbitado de tus ojos. Yo respondí de mal tono. Vienes gigante, cubro mi estómago. Un bofetón: estoy en el suelo. Sin ceder el territorio de mi vientre, dejo sin defensa mi cara. No te importa, emprendes ella. -Basta- suplico, ahogada por el dolor. Nace sangre. Recobro la conciencia, miro hacia abajo, no encuentro mi colina. Les doctores me observan. No quiero verles. Adivino lo que ocurre. Te odio.


VI


Aquí en el intersticio de los muros de esta casa, el único lugar en ella que es mi hogar, soy un feto agazapado. Quisiera escapar a través del yeso, convertida en molécula. Aparecer en otro mundo, descansar. No hay angustia ni desprecio. Sólo fatiga. Una fatiga inmensa como si llevara una loza en la espalda hace un siglo. Cierro los ojos. Qué más da. Nada puede ahora pararte. Seguirás hasta verme desvanecer para repetir la frase de "me obligaste". Pero hoy estoy de pie, hoy el rito tendrá otro final. Con los párpados apretados soporto cada golpe. Esta vez te venceré. No habrá oportunidad para el arrepentimiento ni para la reconciliación. Mis brazos caen, empequeñezco, corro entre los espacios diminutos de la pared.




Ilustración: Unsplashed Natalia Y


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