No tenía un punto de comparación - Marichoni





No te compares con los demás…
Compárate con la persona que eras ayer
Kenneth Scott

Casi todas mis experiencias se han iniciado con una afirmación de la negación que titula este texto.


No, no tenía un punto de comparación.


Cuando elegí la profesión de ser maestra, no tenía punto de comparación, sólo era intuición, después pude tenerlo cuando ocupé una posición diferente como directora y posteriormente, regresé al aula.


Ahora, como tengo un punto de comparación, puedo decir que me es mucho más satisfactoria y enriquecedora la posición de maestra, ya tengo un punto de comparación y puedo afirmar que ser maestra me da sentido de pertenencia y el reconocimiento es directamente emocional, el otro es intelectual.


Cuando me hice novia del que después fue mi marido, no tenía punto de comparación, no había tenido novio, eso no quiere decir que no me hubiera enamorado. Nuevamente lo que hice fue emocional y lo que viví, con sus altas y sus bajas, me dejó la misma capacidad de amar que cuando inicié el noviazgo. No sé si esto me dio un punto de comparación. ¡Cómo es la única experiencia que he tenido de amor expresado aún en lo que es una relación íntima, no tengo punto de comparación!


Me parece que cuando comparo una situación con otra similar, de todos modos, es diferente y la comparación resulta parcial. Sin embargo, sé que infinidad de veces hago comparaciones, comparo mi comportamiento con otros que pueden resultar mejores o peores, pero siempre diferentes y hago un juicio de valor; comparo mi uso del tiempo con el de otros y vuelvo a hacer un juicio de valor.


Ya empiezo a darme cuenta de lo injusto que resultan algunas comparaciones porque ¿qué derecho tengo a hacer juicios de valor?


Tengo muchos ejemplos al respecto: uno de ellos, cuando las autoridades del país comparan el nivel alcanzado en educación por México, en comparación con el resto de los países de la OCDE y lo definen como desastroso, vuelve a haber un juicio de valor. ¿Cuáles son las condiciones de cada uno de estos países? ¿Puedo comparar a los niños mexicanos con los niños finlandeses? ¿Puedo comparar un estilo artístico como el que se da durante el Renacimiento, con el Muralismo Mexicano, con el surrealismo o con la obra de Picasso? ¿Puedo comparar el posible desarrollo de un niño de la ciudad de México, de clase media, con un niño de la Sierra de Oaxaca? ¿Qué puedo esperar desde las distintas condiciones del nacimiento de unos y de otros?


Quizá tener o no tener un punto de comparación se refiere a un aspecto diferente, tal vez es tener o no tener la experiencia de…


Parece que la experiencia es lo que me permite tener un punto de comparación ¿pero será eso o será contar con un posible bagaje de respuestas ante una realidad que resulta poco conocida? Vivimos comparando y somos víctimas de comparaciones. ¿Será que lo que necesitamos es reconocer que la comparación, como habilidad del pensamiento, nos va a permitir movernos dentro de ciertos márgenes de aparente seguridad? No sé, cuando tengo un punto de comparación, me muevo con cierta seguridad, aunque esto en sí mismo no sea seguro; cuando tengo un punto de comparación puedo verter una opinión, aunque ésta no sea muy autorizada; cuando tengo un punto de comparación me atrevo a exponerme sin miedo al juicio de los demás, aunque esto también sea relativo.


De todas maneras, la experiencia, por corta que sea, me da un punto de comparación y me parece que puedo ser más yo.

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