Retratos de Mamá y Papá - Marichoni



Mi madre:


Era jovial, anecdótica, platicadora y no le gustaba cocinar pero bien que disfrutaba horneando pasteles. Muy bien hecha para el tejido, el bordado y la costura, aunque también para la limpieza, ésta se hacía como ritual: barrer con cepillo de cerdas los pisos de madera, para después pasarle un mechudo y dejarlos albeando, sacudir los muebles hasta la patita más pequeña, tender las camas restirando entre dos personas la sábana de abajo que, por supuesto, no era de cajón, ¡caramba que era trabajo!… chacharera, paseaba por la Lagunilla cada domingo para ver que se le atravesaba, buena administradora de los escasos recursos, más tampoco ahorrativa, eso hubiera sido demasiado, al fin ni falta de hizo… Con hermosos ojos color miel, enmarcados con abundantes pestañas rizadas en las cuales se sostenía un cigarro, mismo que podía después fumarlo, porque aunque fuera a escondidas, empezó a hacerlo bastante chiquilla, y nunca lo dejó… De gran melena negra rizada que la hacía verse como nacida en Andalucía, aunque era vasco su origen. Esposa joven, tan sólo a los diecisiete años, madre y abuela muy joven, no tuvo tiempo de envejecer… De inteligencia natural para llevar la cuenta del gasto: 10 centavos de chiles, $1.00 de tortillas y para el juego vespertino de canasta uruguaya, ella siempre llevó la cuenta… De firmes convicciones religiosas y enamorada de la familia, de la propia y de la que adquirió por amor… Positiva ante las dificultades y con gran poder de convocatoria, rodeadasiempre de amigas, que lo fueron hasta que ella existió, después se dispersaron.

Nunca me contó un cuento ni me llevó al cine, nunca me preguntó qué me inquietaba o que era lo que me gustaba y si n embargo siempre estuvo ahí, adivinando lo que yo necesitaba y sintiéndose orgullosa de mí. Su amiga Elenita me decía – eres igualita a tu mamá pero ella mucho más bonita_ Esa era mi madre…



Mi padre:


Alto, fornido, Uribe por doblete, tímido y serio, nunca lo oí cantar… pero me miraba con dulzura, así eran sus ojos. De pocas palabras y de mucho trabajo, declarando su amor mejor por escrito que frente a frente. De ideas fijas y sin reparos pero sabía escuchar, capaz de llegar a la negociación y cambiar de opinión. Disfrutaba de la buena mesa y de la buena copa, que le soltaba un poco la lengua, como dice la canción: “El vino logra sacar cosas que el hombre se calla…” Muy apegado a sus padres, siempre los integró a la familia que él fundó. Viajero por obligación, en condiciones bastante regulares, hasta que se convirtió en viajero por afición. Fotógrafo experimental y comprador de cámaras y relojes, las cámaras para fotografiar todo lo que había a su alcance y los relojes sin llegar a darles un definido destino. Un poco cauteloso en la infancia de sus hijos y profundamente respetuoso en la juventud y madurez de esos niños, aceptando todas las decisiones que fueron tomando a través de la vida que cada uno eligió… Nunca expresó sus sentimientos pero era absolutamente transparente. Orgulloso de su fuerza, nunca se dio por vencido.

Rodeado de pocos amigos, con gran lealtad a quien decidía darle ese título. Chacharero como todos los Uribe, aficionado a recorrer las antigüedades de la Lagunilla. Cocacolero de corazón, le dedicó cuarenta y cinco años de su vida, recordando sus años mozos como minero en Hidalgo. Abuelo hasta el colmo, fue lo mejor que le ocurrió en su vida, su hosquedad la suavizó esa tercera generación que le dio para disfrute algunos de los miembros de la cuarta generación.

Cuando su amor se le fue, le costó conectarse con el mundo, ella era la que lo ponía a su alcance. Representó mi seguridad y él me pagó con la misma moneda al final, junto a mí estaba seguro hasta poder decirme: “Hija, tú mandas”… por ello fui yo quien cerró sus ojos y le dio la última bendición… Ese era mi padre…


Ilustración: Del archivo fotográfico de la propia autora.






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