El amor entra por el estómago - Jesica Lara Ovando



Si pienso en mi infancia, la cocina fue uno de los puntos principales que, con la edad, he ido rescatando y atesorando.


Recuerdo la cocina amarilla en forma de L del departamento citadino de mis abuelos paternos, cómo en ella mi abuela me preparaba plátanos fritos para desayunar y cómo me enseñó a hacer tortillas.


También recuerdo la cocina larga de su casa en Tuxpan, donde pasábamos los veranos y me podía robar bocados de queso fresco y un Yakult frío del refrigerador. Sin embargo, otros veranos los pasábamos en casas de tíos en Cardel o en Cerro Azul, donde veía cómo se preparaban plátanos asados con lechera, café a media tarde y donde probé por primera vez el apio.


En mi casa de la infancia, la de Tlalpan, veía a mi mamá cocinar sin esfuerzo comida para toda la semana, incluida la sopa de frijoles, que tanto me gusta comer con limón y pedacitos de queso panela, en la olla exprés que tiene hasta hoy.


Cuando pienso en sucesos extraños, pienso en la cocina del departamento de Mixcoac, donde presencié sin saberlo, el primer desplante narcisista de mi papá, porque inocentemente mencioné a un familiar que se encontraba lavando los trastes, y por supuesto, un hombre de su posición no debería hacer esas tareas (de acuerdo con nuestra sociedad machista). Igualmente pienso en el día en el que presenciamos, una prima y yo, un suceso inexplicable con un vaso verde de plástico sólido.


Una de las primeras veces donde recibí un cumplido por mi manera de cocinar, fue en la cocina que al mismo tiempo era el salón de clase de una universidad, donde preparé pizza por primera vez y el chef –y profesor– me pidió una rebanada y me dio la confianza suficiente para pensar que quizá podría dedicarle más tiempo a esta habilidad.


Ahora que soy adulta, me doy cuenta de que la cocina se ha vuelto un lugar seguro, sin importar la casa en la que esté: es un punto de reunión. En la cocina aprendo, pienso, bromeo, experimento y lavo incesantemente trastes –lo cual, odio desde siempre–. Preparar comida me satisface mucho (y no solo físicamente), pues ver que las personas con las que comparto alimentos, preparados por mi, son felices, me hace muy feliz también.



Ilustración: Photo by Caroline Attwood on Unsplash

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