La niña en la Ciudad de Nunca Jamás - Aliria Morales Balcázar



Un mercado de antigüedades donde es insospechado lo que encontrarás.


El vendedor de los objetos antiguos gritaba su mercancía, como si fueran vanidades del momento. En ningún lugar encontrará lo que se ve aquí, eso se lo aseguro, compruébelo usted misma; que no le digan, que no le cuenten, porque a lo mejor le mienten; todo lo que yo vendo perteneció a una bruja, alquimista o hechicera, en la lejana Ciudad de Nunca Jamás Nunca Jamás, gritaba. Será muy feliz, cambiará su vida, su historia.


Más bien, era un buen merolico, pensé. Pero no. Su aspecto no pertenecía a este mundo, era un hombre extraño, como salido de un cuento surrealista.


En un brazo traía un brazalete dorado que, cambiaba de color. Parecía que te veía y que te escuchaba. El brazalete tenía pequeñas esferas de cristal donde había personajes que tenían vida. El vendedor, al quitarse los lentes de color rojo, que no tenían cristal, llamaron mi atención. Y como si me escuchará, dijo rápidamente: con estos lentes verás todo con la claridad que desees; te llevarán por ese mágico camino que tú sientes. Señalándome con sus manos huesudas y sus dedos flacos llenos de anillos, hasta el dedo gordo.


Yo pensé, sabe vender. Tenía aspecto de brujo o mago. Era flaco, con el cabello largo y canoso. Me vio y dijo, ¿qué fue lo que te gustó?. Los lentes que transforman todo, dije con timidez.

Muy bien niña, eres observadora. Pero sólo traigo 40 centavos de cobre. Eran dos monedas de veinte centavos cada una. Para mí era mucho dinero, era todo lo que yo tenía. Mi papá me lo había dado de domingo. Tenía apenas nueve años, y quería comprar los cuarenta centavos de trocitos de chicle de menta, que vendían en unos conitos de papel de estraza, a veces de papel periódico. Los vendía una señora muy cerca de la escuela. Tomó los lentes y me los puso. Yo reí satisfecha por mi compra. Los entes rojos de dos círculos grandes y sin cristal, curiosamente, me quedaban. Le entregué mis dos monedas y me alejé del lugar. A lo lejos, se oía la voz del señor que seguía gritando, pero no te arrepentirás niña, no me dijiste tu nombre, y se fue perdiendo la voz, más y más hasta desaparecer.


Cuando llegué a casa, los guardé en ese lugar que sólo era mío; debajo de mi cama. Ahí tenía los insectos que encontraba y las mariposas, mis letras donde practicaba la caligrafía de mi abuelo el sacerdote, papá de mi mamá. Su letra gótica era muy hermosa. Parecían letras que bailaban al ritmo de un blues o de un tango. Era perfecto el lugar, ahí los guardé. Los lentes me los ponía un ratito y después los guardaba, pero no les contaba nada a mis hermanas, porque se reirían de mí. Dirían; cómo compras unos lentes sin cristal, te vieron la cara de tonta. Eso lo diría la mayor o la cuarta. Yo tendría que contestar: no, porque son mágicos, y se reirían más de mí. Era mejor no decir nada.


Los lentes, ¡claro que eran mágicos! El señor me lo dijo, no tenía por qué mentirme. Los cristales eran invisibles, así me lo dijo el señor. Pensé, si ellas no las pueden ver, yo veré las cosas que quiera con esos lentes. Después me di cuenta que bastaba con ponérmelos un ratito los sábados que no había clases y la magia duraba toda la semana.


Desde entonces, mis hermanas y demás personas de mi vida dicen que vivo en una eterna utopía. Que nada de lo que vivo es real. Que las sábanas de la casa, cuando era niña, no eran hermosas como yo las veía. Observa bien, me decían. Eran de costales de manta, donde ponen el azúcar. Mi mamá los abría y componía, les ponía cenefas de flores de vestidos usados o viejos que le regalaba mi tía, la hermana de mi papá. Yo aclaraba; pero eran hermosas. Nadie tiene sábanas tan lindas como las nuestras. Me imaginaba los tendederos llenos de sábanas, ya limpias, lucían y formaban un laberinto por donde corríamos felices. Eran bellas, las hacía mi mamá. ¡Qué tonta eres! De verdad, cómo van a ser bellas. Bellas, las de las casas ricas. ¡Entiende! Somos pobres.


Siempre pensé que mi casa era un castillo. Yo los dibujaba. Mi papá me decía: de dónde lo copiaste hijita. Yo respondía, es este castillo, donde vivimos. Y las recámaras del castillo, ¿dónde están? Hay sólo una, pero grande y así todos estamos juntos. Es enorme, no necesitamos otra. En esta cabemos bien los ocho. Así, nunca estaremos solos y mi mamá nos contará un cuento. Cómo me gustaba nuestra cama; parecía de un gigante gordo; en la noche, mi mamá la agradaba con unas tablas que ponía en medio de las dos camas y una colchoneta arriba. Dormíamos en ella cinco hermanas y por las mañanas, la cama del gigante desaparecía. ¡Qué tonta eres! Decía mi hermana la más grande -siempre sin emociones-, ese es un sueño tuyo, una utopía. Teníamos una recámara porque éramos pobres, cuántas veces más, quieres que te lo repita. Sí que eres tonta.


Yo sabía que el señor de los lentes mágicos decía la verdad. La recámara grande era para que todos fuéramos felices estando juntos.


Crecí, pero los lentes no perdieron la magia. Bastaba con imaginarlos puestos en mí para que la magia surgiera. Me soñaba exponiendo en Bellas Artes, en París y por supuesto la utopía de pertenecer al Salón de la Plástica Mexicana, sin tener estudios en la Academia de San Carlos. Cuando entregué mi curriculum que tan sólo tenía tres renglones y la obra que pedían, se rieron. Pensé, ¿es una utopía? Sólo entramos 7 al Salón de la Plástica Mexicana, yo nunca dudé. Creí en la magia de mis lentes rojos, y en mí.


¨Sobrevivientes del día de ayer¨ fue la obra que quedó. Con ella, ilustré una de las poesías místicas de Jaime Sabines. Fui elegida, me sentí privilegiada. Ya expuse en Bellas Artes y París.


Cuando la revista Selecciones de Reader´s Digest convocó a los artistas a mandar su obra para que saliera en la contraportada de uno de sus números de su publicación mensual. Las compañeras de la Sociedad Mexicana de Artistas Plásticos me miraron sorprendidos, cuando comenté que yo mandaría mi obra, surgió el comentario, qué ingenua eres. Cómo vas a salir en la revista, es para artistas famosos. Respondí, mandaré tres obras, pero ya me estoy imaginando con la de las Banderas en la contraportada. Vivía con pasión mis utopías. ¿Sería la magia de aquellos lentes rojos de mi niñez? Mi cuadro fue seleccionado para el número de septiembre de 1996 con la obra de las Banderas ¨Alegoría sin igual¨.

Siempre viví en una utopía. Todo fue para mí muy mágico. Esos lentes de cristal invisible eran reales.


Cuando me quemé el brazo izquierdo a los treinta años, permanecí inactiva, hasta que el doctor que me atendió en el Centro Médico, se dio cuenta de la necesidad que yo tenía en ese momento. Quería pintar y no tenía la aprobación de nadie. Sin embargo, él salvo mi brazo y recuperé la confianza en mí misma cuando con toda sencillez, me dijo: usted puede pintar, haciéndome una promesa, pase lo que pase, estaré con usted el día de su primera exposición, es una promesa. Llegó ese día y a las siete de la noche lo vi entrar antes que nadie. Con la sorpresa de que su padre había fallecido esa misma mañana, pero, me dijo, yo tenía que cumplir mi promesa. Esto, a pesar de que era judío. Él debía estar a lado de su padre.


Me enamoré de él en silencio, platónicamente. Él estaba casado, yo también. Esa sí que era una verdadera utopía. Qué podían hacer mis mágicos lentes, que no fuera soñar con él. Era imposible.


Lo imaginaba cuando me iba a pintar al campo. Lo veía caminando conmigo, pero curiosamente, ya éramos viejos, así lo veía. Imposible. Pensé en los lentes y las lágrimas rodaron, salieron de mí.


Y por qué no, si los lentes son mágicos. Todo es posible. Así me lo dijo aquel vendedor de antigüedades que tanto recuerdo.


Pasó los años... el tiempo. Treinta y seis años. Un día me vi caminando con él en Coyoacán. Caminaba de su mano, estaba casada con él. Imposible, pensé. Me pellizqué para ver si era verdad.


Sí, la vida es una utopía, el amor también, los lentes rojos de cristal invisible son lo único cierto.



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