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Yo, el limonero, te cuento… - Marichoni

12 hours ago
2 min read

Naranja dulce, Limón partido

Dame un abrazo, que yo te pido.


 

    Llegué a vivir a la casa de Águilas 1500, en esa altura de la ciudad de México en la que solo las águilas se atreven a vivir. Encontré un pequeño jardín lleno de azaleas y con dos hermosos árboles, un trueno y un laurel de la India, enmarcados por bugambilias.


   Un sábado cualquiera de 1983, a petición de la madre de los cinco niños que allí vivían, empecé a compartir su jardín, yo era pequeño, no levantaba ni un metro del suelo. Igual que los niños de la casa que jugaban y se divertían pateando una pelota que a veces me golpeaba, pero eran tan hermosos que nunca me lastimaron.


    A ellos los vi hacerse mayores.  ¿Ellos habrán visto que yo también crecía? Quizá no.

    Ellos, de niños no me hacían el mayor caso, estaban ocupados en crecer y en aprender a ser ellos mismos. El papá tampoco me atendía, creo que ni me miraba, su interés estaba en procurar siempre una mejora económica que no acababa de llegar porque siempre que algo se conseguía, miraba lo que faltaba, no lo que sí había. Ese era su interés y a eso dedicaba su tiempo. Cargaba con la responsabilidad de esa familia.


   Tal vez por ello, la mamá de esos niños me adoptó, me vio crecer y me cuidó, al igual que lo hacía con sus cinco pequeños, que empezaron a cambiar de intereses, pasaron del juego al amor y del amor a la búsqueda de sus propias vidas.


    Yo palpaba sus cambios y ¿ellos habrán visto los míos? Yo ya levantaba más de un metro del suelo.


    Ella, tal vez un poco preocupada por tantos que habitaban en su casa, salía al pequeño jardín, que era mi residencia. Me contemplaba y se emocionaba, por ello empecé a darle frutos.


    Veía yo que era una mujer de ciudad, con anhelo de agricultora o simplemente de recolectora de esos frutos que, por el buen alimento y por esa plática espontánea que de repente teníamos, yo le proporcionaba, aprendí a ser agradecido y multipliqué mis frutos tanto que, ella con orgullo, llegó a repartirlos en pequeñas bolsas de regalo a todas sus amigas y a sus hermanos.


    Pero pasaron los años y todos se fueron hacia otros rumbos, en busca de nuevas e inexploradas experiencias. Ella quedó sola por más de nueve años. Salía al jardín y me comentaba ¿ya viste? Todos se han ido.


    Por ello un día también ella quiso cambiar de sitio y a donde se iba, yo ya no tenía cabida. Vendería la casa, eso escuché a hurtadillas, ya no estaría, ya no esperaría mis frutos que por más de 25 años le ofrecí. Cuando lo comprobé, tomé una decisión: ese día me morí…



Ilustración: Fotografía de Steve Doigt en Unsplash

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