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El cuerpo que me tocó habitar o cuarto 807 - Rosalía Martín del Campo Souza

24 minutes ago
7 min read

La habitación 807 del Hospital Ángeles Mocell es espaciosa, está limpia y tiene una maravillosa vista al castillo de Chapultepec. En unos minutos mi cuerpo llegará ahí y digo que es mi cuerpo el que va a llegar porque se me descompuso sin mi total autorización. Siempre me ha dado miedo el dolor, quisiera que no fuese parte de la vida o que no tuviéramos que pagar con él, el simple hecho de ir sumando años a nuestra existencia.


Después de haber consultado varios ortopedistas, llegué al médico mágico con el que hice un maravilloso click por su honestidad y manera de encontrar soluciones a los problemas de las articulaciones sin tener que llegar forzosamente a una cirugía a los cinco minutos de la primera cita. El doctor Martín Eduardo Blancas me mostró cuán necesario era una prótesis de rodilla para que la marcha no se me fuese disminuyendo al grado de tener que usar una silla de ruedas por tanto dolor. Llegamos a este punto después de tratar de resolver la dolencia durante seis meses con medicinas y plantillas, no quedaba otra: mi cuerpo y yo nos teníamos que despedir de la rodilla derecha para darle la bienvenida a la era del titanio en mi pierna.


Unos meses antes, ya había estado escribe y escribe cartas al cielo para que me mandaran unas alas o me curaran con un milagro. Mis cartas no llegaron a conmover a los hacedores de hechos maravillosos y me tuve que conformar con este cuerpo que habito, con sus abolladuras, sus manchas, sus kilitos de más y esas necias arrugas y lunares que se van sumando. Este cuerpo que ahora se deslizaba por el octavo piso del hospital, pensando en el velorio que le tendríamos que hacer, tanto él como yo, a mi rodilla derecha, que esta noche dejaría de estar en mí y se iría de mi anatomía con todo y su artrosis de tercer grado.


Tuve que llegar a fuerzas a mi estructura porque el velorio a mi rodilla requería de toda mi atención para invitar aunque fuera a dos enfermeras que le rindieran su debido respeto a ese hueso de mí, que tanto servicio me había prestado para andar de un lado a otro, para caminar calles y parques, para brincar tanto por Paseo de la Reforma en la ciudad de México como por las avenidas de Amsterdam en Holanda; las veredas polvosas en Capadocia, Turquía, Masaryk en Polanco de la ciudad de México y muchos otros lugares como Machu Pichu en el Perú.


Una de las enfermeras, gordita y de cara muy simpática me platica sobre el cómo ha visto a otros pacientes entablar una buena reflexión con sus órganos y los huesos que los conforman. Esas partes de uno nos escuchan y a veces cooperan para que nos sintamos mejor; al igual que las plantas, deben de sentir que las valoramos. Es muy bueno un curso intensivo de filosofía práctica junto con el suero que va soltando el tranquilizante necesario para acallar al miedo y a los nervios. Mi doctor ya me había dicho que le comentó al anestesista que yo era una paciente chillona, chillona, chillona.


Y aquí estamos para la ceremonia mi Hababi, las enfermeras, nuestra fiel Mary y yo. Encontramos un canal zen en la tele y lo dejamos como música de fondo para hacer el ritual de despedida y bienvenida: adiós huesos cansados, bienvenida querida prótesis de la nueva era de las articulaciones.

 

Llega la hora. Los camilleros me pasan al carro camilla con el que me conducirán a la sala de operaciones. Completamente lúcida, ni siquiera aturdida o sedada. De pronto me siento inmersa en un programa como Hospital General, Doc o La Doctora Lucia. Me convierto en un personaje más de esas historias, entre pantallas que cuelgan del techo para mostrar cualquier mínimo detalle de la invasiva operación. Me da la bienvenida el anestesista que después de presentarse me pega una especie de semáforo en la frente, que servirá para indicar el grado de sueño profundo al que llegaré, para que no sienta ni escuche nada de cómo cortan capa tras capa de carne, músculo, hueso.


Aunque quisiera huir y desaparecer ya no hay escapatoria. Mi destino corporal está en sus manos. Poco a poco voy perdiendo todos mis sentidos menos un ligero estado angelical de guarda. De ahí que cinco horas después despertara con un llanto incontrolable y un dolor de otro mundo.


-      Qué se me ha derrumbado todo un edificio sobre mi rodilla y duele y pesa y no la puedo mover.

-      Tranquila - me dice amablemente la enfermera encargada de mí en la cirugía, - la suya ha sido una cirugía muy invasiva, una cirugía mayor y además, con el peligro de la anestesia general a su edad!!!

-      ¿Qué no me morí? – le pregunto al jefe de anestesia que por fin logró despertarme.

Seguramente mi ligero estado de guarda recordaba todo y por eso las lágrimas no dejaban de brotarme y yo me sentía inundada por un mar salado. Traté de mover mi pie como para cerciorarme que mi cabeza seguía dirigiendo mis movimientos. Se movió y yo seguí llorando y así llorando llegué a mi cuarto.

 

El goteo de morfina hace lo suyo mientras escucho decir a alguien: ay pobre, vienen las horas más difíciles. Me vinieron a la mente las frases que siempre se dicen en los momentos más dramáticos de los programas médicos: si pasa la noche, ya la hizo.

 

El dolor es un gorrón insaciable y no se sacia en su afán por hacerse notar.

 

En mi muy particular modo de sentir emprendo un alucine de dolor y miedo, ¿qué hago aquí si odio los hospitales y todo lo que tenga que ver con la sangre?, me digo una y otra vez mientras miro fijamente a la pared y al techo sin poder dormir ni cinco segundos. Abrazo fuertemente a Alita, mi conejita de peluche rosa, muy suavecita y con luces en su pancita, que Alo San Millán y su mamá Lyz me regalaron como apoyo emocional.


Me pierdo en unas extrañas texturas azules en mi vigilia, el paso del tiempo se dilata, se extiende como un vapor desesperante y la madrugada se alarga con todo y sus fantasmas, abrazo más fuerte a Alita; Hababi duerme en la habitación pero temo despertarla con mis quejidos, elucubraciones y llamadas a las enfermeras para subir y bajar el respaldo, para el refuerzo en la medicina contra el dolor, para tomar medidas de mi oxigenación, presión, orina, temperatura. ¿Cuántos grados tendrá la temperatura de la desesperación?; ya me habían dicho que esta operación requería de mucha paciencia y yo no sé cómo alargar mi aguante. Me invade la zozobra. Me hundo en la introspección y hasta pido perdón por todos los errores cometidos y trato de comprender cada rebanada de mi vida.

 

Llevo dos madrugadas escuchando el paso de una andadera fuera de mi puerta, ¿quién andará haciendo la prueba del andar a las cuatro de la mañana?, ¿será que el fantasma del dolor también circula en andadera?


            Lo bueno es que me cae muy bien mi doctor y me tranquiliza que me venga a ver a diario con su trato aternurado y comprensivo.

 

            Mi hermano Diego ha llamado constantemente antes-durante y después de la operación para saber de mí, su preocupación y su enorme cariño al verme me cobijan. Cuando lo miro vuelvo a llorar como para decirle o hacerle entender todo lo que me ha sucedido.

 

            Yami, Ivonne, Laura y Lyz me visitan y me demuestran el tamaño del afecto de la verdadera amistad, también me visitan mis hermanos y mis ahijados, mi cuarto transmuta del espacio doliente a uno festivo; aunque el dolor se estaciona. Me preocupa mi aspecto, apenas si me he podido lavar la cara y los dientes, estoy toda despeinada y con mirada asustada, el baño en cama me dejó todo el cabello empastado de champú e imposible de peinar. La coquetería hospitalaria se me escapa de las manos, ni hablar, seré la momia convaleciente.

 

Tal como tenía que ser, llega el tercer día justo el domingo 13 de julio y como si fuera Jesucristo me toca hacer resucitar a mi pierna. Mi Doc Blancas llega muy contento y me dice: no hay plazo que no se cumpla y ya llegó la hora de levantarse. Temblando de risa nerviosa y, con bromas que alienten el esfuerzo, por fin doy los tres pasos hacia el reposet cual Tierra Prometida. Los tres pasos que serían un gran avance para mi humanidad, como si hubiese conquistado mi propia Luna cual Neil Amstrong.

 

            Entre maromas, burocracia y con gran ayuda de mi Hababi y de Mary llegamos a casa, cada tumbo en el coche ha sido un martirio y desde la ventanilla veo al mundo desde otra mirada después de mis días internada en el hospital. La realidad se me cuela por la ventanilla abierta con claxónes, ramas de árbol, el cielo azul y los semáforos que alentan mi llegada a casa.

 

Al contemplar mi herida, con 27 grapas, me siento como una Frankenstein de la rodilla hacia abajo, una muñeca remendada e hinchada, a la espera de que llegue el momento prometido de la retirada de puntos y las fisioterapias que constituyen el 70 por ciento de la recuperación.

 

Fue entonces cuando Anita Aguilar llegó a mi vida, con gran profesionalismo a pesar de sus 25 años, con ella comencé a emprender el camino hacia mi independencia, desde dejar mi andadera bautizada como mi Ferrari, hasta soltar el bastón y dar mis primeros pasos. Entre dolores intermitentes y más en las madrugadas, por fin subo las escaleras, una a una, hasta el piso de arriba, con la pena de que los vecinos o porteros me vean en camisón.

 

Después de dos meses, los conserjes tocan el interfón para comentarme que ha llegado un paquete, les pido que de inmediato me lo suban:

 

Es una cajota azul cielo, que trae como remitente:

¨Hechos maravillosos¨,

con gran entusiasmo y curiosidad la abro.


Encuentro una nota que dice:

perdón por el retraso, aquí están sus alas.

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