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Liliana y yo: Carta abierta a Cristina - Esther Solano




¿La culpa no era de ella, ni donde estaba, ni cómo vestía?

¿Quién en un mundo donde no existía la palabra feminicidio, ni el término “terrorismo de pareja” podría decir lo que ahora digo sin la menor duda: ¿La única diferencia entre mi hermana y yo es que nunca me topé con un asesino?

La única diferencia entre ella y tú.

Cristina Rivera Garza

 

 

Querida Cristina,


Te leo con cariño infinito, con sororidad, con empatía por tu pérdida. Pero debo decirte, Cristina, que esa no es la diferencia entre Liliana y yo, entre Liliana y tú. La diferencia es que sobreviví, que sobrevivimos.


Nos hemos topado con asesinos, los hemos conocido, hemos compartido el pan y la sal, nos hemos casado con ellos, hemos dormido con ellos e incluso hemos dado a luz a sus hijos.


Sobreviví, no sin costo.


Liliana y yo nos parecemos. Liliana y yo nos topamos con asesinos, solo que yo sobreviví. Hui, me salvé y lo salvé de un destino que pudo ser.


Vi en sus ojos la furia y el deseo de soltar sobre mi cuerpo toda la fuerza del suyo. Sabía que no tenía oportunidad, me bloqueaba la salida con su cuerpo sostenido firmemente sobre piernas abiertas y bien plantadas, me llevé un golpe en la espalda, sus dedos marcados en la piel. Supe que enfrentarlo así no tenía futuro. Sé que disfrutó golpearme, saberse superior. Saboreó mi miedo y mi dolor. Lo dejó satisfecho por el momento, pero abrió su apetito.


Liliana y yo conocimos asesinos, que fueron y pudieron ser, ambas los amamos. Amamos su energía, vehemencia o agresividad. Primero encantadas, luego con ese nudo en el estómago diciéndonos que no, que no estaba bien, que no era normal. Todas las alertas del cuerpo prendidas y todos los medios del patriarcado, la misoginia y la validación de la violencia activados para acallar, normalizar, silenciar y negar lo que sucede.


El sistema se pone en funcionamiento en las historias que nos vendemos: lo hizo porque me ama, fue sin querer, yo lo provoqué. Si alcanzamos a percibir un moretón en la vecina, no decimos nada, no preguntamos para no incomodar ¿a quién? ¿al violento? Así, bajo el “no pasa nada” pasa todo.


Entré a la Universidad al mes siguiente de la muerte de Liliana. Mientras a Liliana la sedujeron unos ojos azules, yo me maravillé ante unos ojos verdes.


Liliana y yo no nos conocimos. Truncaron el tiempo en que pudimos encontrarnos, conocernos, acompañarnos.


Mis pies anduvieron caminos que ella anduvo, los cines de Plaza Universidad, el metro Rosario, las inmediaciones de la Universidad Metropolitana. En aquellos días canté “Lucha de gigantes” a todo pulmón, como ella lo hizo.


Mientras estudiaba, viví en un pequeño espacio como el que Liliana habitó mientras asistía a la universidad. Lejos de casa, viajando los fines de semana de regreso al Estado de México a descansar en una cama con cierto aroma infantil, inconsistente con nuestros propios cuerpos, que se transformaban con el tiempo, con los ires y venires de la escuela con ese amor juvenil que quisimos adornar de virtudes de las que carecía.


La diferencia entre Liliana y yo es que la palabra que escribió en su diario para describir al hombre que amaba fue vehemencia, la mía agresividad, ambas las leímos como virtudes. Ahí coincidimos. Más coincidencias que diferencias.


Pagamos caro nuestro error. Liliana con su vida, yo con el peso de la soledad y la desconfianza.


Crío y mantengo dos hijos, sola, sentencias de por medio archivadas e inútiles. Me consuelo repitiendo que es mejor violencia económica que violencia física.


Estoy viva, me celebro. Liliana no está viva, la extraño. Nos hace falta, tú huérfana de tu única hermana, sus padres huérfanos de hija, guardianes de posibilidades en un nido vacío, privado de su preciado contenido. El mundo sin una mujer brillante con un invencible verano en su interior.


Me lleno de rabia porque no hubo salida sin costo. Ni para ella, ni para mí.


Con cariño, admiración y respeto,


Esther



Ilustración: Fotografía de Andrea Chacón en Unsplash

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