Macuilí - Esther Solano



Si fuese árbol sería un macuilí, uno de esos que crecen en los pantanos de Tabasco. Me llenaría de flores rosa pálido, casi blancas, para recibir el año nuevo. Vestida como novia reinaría sobre el verde perpetuo del manglar. Un reinado breve pero exuberante, absoluto.


Con la misma devoción con que me vestí, flor a flor, dejaría caer todos los pétalos en un solo día. Con la misma algazara con que en mi forma de mujer he dejado caer mi vestido en la noche húmeda y ardiente del Sureste mexicano, cuyo calor hace bullir la sangre, la piel parece derretirse, el sudor de cada uno se mezcla, se diluyen las fronteras del uno y del otro.


Como macuilí, mis raíces estarían perpetuamente húmedas, mientras el sol refulge, con una luminosidad cegadora.


Descubro mi poder transformador. Siempre he disfrutado el sol en el cuerpo, y ahora en esta imaginada metamorfosis, puedo asumir el calor, hacerlo mío. Convierto esa luz en hojas, en frutos, en pétalos, extiendo mis ramas, de cara al sol, para absorber cada rayo, las dirijo hacia el cielo raso de Tabasco.


Hacia el mediodía, el sol me abrasa como si quisiera consumirme en una hoguera, fuego y pasión inagotables. Mientras el gran astro se regocija en mi follaje, bajo mi sombra se refugia un universo, insectos, reptiles, y las aves más hermosas. Mi belleza atrae la vida, la genera. Estoy tan llena de energía, que de mí brota la existencia, la vida que contengo en cada célula de mi cuerpo y de cada criatura que en mí se refugia. Soy creación, la tierra, el universo, la vida.



Ilustración: Fotografía de Lizalde

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