Sobre mitos, monitos y toritos - Jair Benavides Contreras
- Jair Benavides Contreras

- 12 hours ago
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Te encuentras acostado en una playa, disfrutando el candor de una burbujeante bebida, en un camastro cuyas patas se hunden suavemente en una arena húmeda y efervescente de conchitas y cangrejitos; cuando escuchas un tintinear extraño y agudo, y un brillo pequeño pero altivo llama la atención de tus pupilas. Una botella parece haber emergido de entre las olas y acallado junto a tus aposentos vacacionales. El tiempo de retiro del trabajo es idóneo para una circunstancia así, aparentemente inverosímil dentro de tu circunspecta vida.
Coges la botella productora del coqueto tintineo que suena al rebotar contra las conchitas, y por ser traslúcida ves ahora que allí dentro yace algún tipo de papel de coloración percudida. Un simpático corcho regordete se apretuja en la boca de la botellita, aguardando a que lo empuñes hacia su libertad, para darte un mensaje perdido en el tiempo. Abres la botella y ¡cáspita! Se precipita hacia tu mano el deseado contenido. Al desenrollar el pequeño pergamino, descubres algo aún más insólito: el mensaje está escrito en tres idiomas, uno de los cuales lo hablas a la perfección. El mensaje es el siguiente:
“La cabeza del toro que rebufa en el claustro de tu espejo, es la misma compañía de tus ilusiones tácitas. Coge al toro por los cuernos y domina tus pasiones, porque si lo dejas ir y te gobierna, perderás la certidumbre de quién eres, para siempre”…
…
Desde las civilizaciones antes de ser concebido el concepto del “tiempo”, el ser humano recurrió al mito como una forma de comprender lo desconocido, y como una manera de dirigirse a lo atemporal y a lo trascendente. Las figuras humanoides con cabezas de animales, deidades híbridas o criaturas simbólicas no eran simples fantasías, sino intentos rigurosos y escrupulosos de representar fuerzas naturales, pasiones humanas y en general el reino de lo invisible. El mito es un lenguaje: una manera de decir lo que todavía no puede expresarse con conceptos claros ni con explicaciones racionales.
Por ende el mito cumple una función pedagógica y existencial. No busca tanto explicar a ciencia cierta el mundo, sino situar al ser humano dentro de él, dándole un lugar, un sentido y un propósito. El mito es una narración compartida, algo siempre mayor que el individuo, que lo trasciende y lo vincula con lo sagrado, con la comunidad y con los grandes misterios del universo.
Pero antes de que el hombre se nombrara a sí mismo como “individuo”, se armonizó con su entorno y se asimiló como un eslabón parte de una gran cadena de vida. No se pensó tan separado del animal, ni del cielo, ni de la tierra. Y por ende sus dioses tenían garras, hocicos, picos y alas. El rostro humano aún no bastaba para decir lo que ardía dentro: la ferocidad, el instinto, la vigilancia, la fecundidad, el miedo sagrado. El animal no era necesariamente inferior; sino que era más cercano al misterio. El hombre se miraba en él como en un espejo primitivo.
Las cabezas de animales no eran disfraces, sino confesiones de anhelos inherentes, ontológicos. Decían: “No soy solo razón”, “no soy solo palabra”, “no soy solo esto que ves”. En el halcón estaba la visión que todo lo abarca; en el chacal, un guardián del umbral entre la vida y la muerte; en el toro, la potencia creadora; en la serpiente, el ciclo eterno de muerte y renacimiento. El cuerpo humano sostenía esas cabezas porque era el lugar donde lo divino quería habitar sin disolverse.
Había en esas figuras una humildad olvidada: el reconocimiento de que el hombre no se basta a sí mismo. Que necesita tomar prestados símbolos de la naturaleza para hablar con la divinidad, o sobre ella. Que la razón sola es muda ante el abismo, y limitadísima sin la fe. Por eso el mito no explicaba: cantaba y volaba. No definía: evocaba y trascendía. Era un lenguaje anterior al concepto y al tiempo, cuando la verdad se intuía más de lo que se poseía.
Pero esos humanoides no eran solo ficciones: eran también advertencias. Recordaban que el hombre puede descender al caos si se deja gobernar por el instinto sin orden, o elevarse si lo integra sin negarlo. El animal en la cabeza era tensión y movimiento, no solución. Una pregunta encarnada: ¿Quién gobierna a quién?, ¿el instinto al espíritu, o el espíritu al instinto?
Con el paso del tiempo, el rostro humano fue ganando protagonismo. El animal retrocedió del icono, no porque fuera falso, sino porque su ontología caducaba. El mito pedía cada vez más trascendencia. Pedía que lo divino no solo se pareciera al hombre, sino que naciera como hombre. No mitad bestia y mitad dios, sino plenamente humano y plenamente trascendente.
Y es entonces que en la historia del tiempo ocurre un hecho radicalmente distinto: el mito verdadero se manifiesta en la realidad, partiendo el tiempo en dos, un antes y un después de irrumpirlo con vehemencia indómita. El cristianismo afirma que en Jesucristo el Logos se hace carne, que la Verdad no permanece como símbolo ni como narración arquetípica, sino que se abaja para entrar en la historia. Lo que antes era intuición mítica se vuelve revelación concreta y palpable: Dios ya no es imaginado, sino que se da a conocer.
Si la Verdad se ha revelado, surge entonces una pregunta inquietante: ¿por qué seguimos necesitando mitos? La respuesta no es que la revelación haya fallado, sino que el corazón humano sigue enfrentándose a lo desconocido, al dolor, al mal y al sentido de la propia vida. Incluso con la Verdad manifestada, el ser humano continúa interpretando, resistiendo o rehaciendo narrativas para dar sentido a su existencia.
En la era moderna, este impulso adopta una forma particular, antropocéntrica: cada individuo crea su propio mito. Ya no se recurre a figuras trascendentes compartidas, sino a narrativas privadas donde el yo ocupa el centro. La idea de que cada quien puede ser su propio dios, su propia medida y su propia verdad, se vuelve dominante, aun cuando nunca ha existido un consenso real que sostenga esa posibilidad. ¿Cómo es posible que uno se perciba como el centro del universo?
Paradójicamente, estos mitos personales no nos hacen más fuertes, sino más frágiles y fragmentados. Al carecer de algo que nos trascienda, nos encerramos en relatos ególatras que no soportan el peso del sufrimiento, del sacrificio ni de la entrega. Un mito que gira únicamente alrededor del yo no puede sostener al yo cuando este se quiebra; lo debilita en lugar de engrandecerlo, lo vulnera como si de una casa construida sobre la arena se tratase.
Lo que verdaderamente dignifica al ser humano no es la autoafirmación absoluta, sino el sacrificio, pues es lo que trasciende al yo. Conquistarse a uno mismo, renunciar al propio ego y entregarse por los demás, incluso a costa de la propia vida, es el principio de todo vínculo auténtico y poderoso. En ese sentido, el mito verdadero no es el que nos promete poder y riqueza, sino el que nos llama a amar, a sacrificarnos y a salir de nosotros mismos: ahí, y solo ahí, el ser humano se vuelve verdaderamente grande y humilde a la vez, merecedor de dicha grandeza y también, paradójicamente, de dicho sufrimiento.
Hoy, curiosamente, parecen regresar los híbridos, pero de otra forma. Ya no tallados en piedra, sino en narrativas interiores híper fragmentadas. El hombre moderno se fabrica mitos privados donde el animal ya no es símbolo, sino pulsión sin rostro: deseo, miedo, poder, identidad mutable; es pecado, caos y entropía en conjunto y en convulsión. Hemos perdido la cabeza del animal… y con ella, el respeto por lo que representaba.
Tal vez por eso esos antiguos humanoides aún nos miran desde los muros y las ruinas, desde un anacronismo rabioso. No para que volvamos a adorarlos, sino para recordarnos que el mito no nace de la fantasía, sino de una herida abierta: la imposibilidad de decirlo todo sin símbolos. Y que cuando el símbolo se separa de la verdad, deja de elevar… y empieza a devorar.
¿Qué pensarías tú, querido lector, si te sucediese lo narrado en el pequeño relato introductor de este breve texto?
Ilustración: Fotografía de Andrew Boui en Unsplash






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