Una aventura en el tianguis - Marichoni
- Marichoni

- Jul 23
- 3 min read
Todo bueno, bonito y barato

Quién lo diría que una salida al mercado pudiera ser catalogada como una aventura. Empezar por hacer el inventario de lo que se tiene en casa para saber lo que se compra: me faltan fruta, la verdura y la carne para la semana.
Preparar las bolsas para guardar en ellas el producto de lo que compraré y definir el estilo del vestuario que necesito para iniciar mi aventura en el mercado. No puedo ir elegante, pues entre los puestos y las personas, lo importante es la compra, no la vestimenta.
Llegar a ese lugar que, si es temporal, se llama tianguis, pero si es en un lugar establecido, se llama mercado porque es común y constante.
Desde la llegada empieza la aventura, me recibe el que guarda un lugar para mi coche: aquí güerita, deje que mueva el de adelante y se acomoda. Y aunque mi cabello sea oscuro, la expresión es para darme cierta categoría y por la forma de decirlo, yo lo recibo como un halago, como un requiebro.
Recorro los pasillos entre frutas y verduras que me inspiran tan solo por ver cómo está acomodadas, escuchando el pregón que sirve de ofrecimiento de la mercancía con tal ritmo, que detrás de ello está la alegría: pásele, pásele güerita y pruebe y compruebe que estas son las mejores naranjas de la región.
El marchante, como le decimos en México a los vendedores, resulta de una variante del francés marchand, que quiere decir comerciante, lo usamos para darle calidez al intercambio entre vendedor y compradores.
Ellos, encantados de la vida simple que viven, ofrecen lo que antes fueron a comprar, al mayoreo, en otros centros de abasto, a los que, gracias a Dios yo no tengo que hacerme presente, siempre es preferible que sean ellos los que los traigan para vendérmelos al menudeo.
Pero no crean que allí en el tianguis o en el mercado, se venden solamente los productos comestibles de mi tierra megadiversa, que me encantan pues solo de verlas al recorrer esos puestos que han clasificado lo que venden, son capaces de sugerirme adquirir lo que ni siquiera tenía pensado, porque no crean que en el tianguis solo se venden comestibles, hay una variedad de mercancía de toda índole, que allí se puede hallar lo impensable.
Puedo encontrar regalos para los pequeños: libretitas, y colores, estampas y chucherías y algo que no me cobran, un poco de alegría que puede ser desde barata hasta sin costo alguno, cuando les lleve lo que encuentre en mi recorrido por el mercado.
Y si necesito un vestido, una blusa o una cinta para el pelo, allí encuentro multiplicidad en colores y tamaños, porque están tan bien hechos, con encajes y bordados, que no le piden casi nada a los que elaboran los diseñadores, y con una diferencia de precio que me alcanza hasta para planear un viaje.
Y que decir de las flores, en arreglos o para ponerlas en un ramo, como uno quiera, para adornar la casa o para regalo de cumpleaños, con las flores se habla un lenguaje sin palabras con las que se puede expresar gratitud o mil felicidades, pensé en ti o te las traje porque me encantaron cuando las vi al pasar.
Y que decir de afeites y perfumes, hay de todo lo que se nos antoje, creyendo que al usarlos, se nos van a notar un poco menos las huellas que deja el tiempo, porque hay maquillajes, coloretes y labiales y hasta perfumes que encuentro un domingo en el tianguis.
Y que decir de las perlas y las cuentas de colores para tener un collar para cada día de la semana, pulseras y colgantes y mil adornos de plata.
Pero si hay que contemplar un poco de cultura en el tianguis, no falta el puesto de libros, los de moda y los que tienen por encargo, allí también puedo encontrar esa lectura inspiradora que, tal vez detone alguna idea para volcarla en un texto y compartirlo con quien me lo permita.
No solo es un lugar para comprar lo que necesito y lo que ni me hace falta, es una experiencia para encontrar la belleza entre frutas y verduras, entre galletas, semillas y campechanas, con las probaditas de quesos y la adquisición de sopes, tlacoyos y tortillas, y para atreverme a comer una quesadilla de queso Oaxaca, en tortilla recién hecha. con salsa de molcajete y pedacitos de papa.
Espero que nadie me diga que un domingo en el mercado o en cualquier tianguis del barrio, no es una gran aventura, porque al regresar a casa se siente la satisfacción de todas las experiencias visuales y las probaditas que alegran el gusto al saborearlas.
Sí, mi visita semanal a mercadear en el tianguis aquello que necesito para la semana y lo que tampoco me hace falta no deja de ser una gran aventura.
Ilustración: Fotografía de Jacopo Mairiella en Unsplash



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