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Como Dice Don Quijote - Marichoni

La magia de lo

 extraordinario

 en lo cotidiano.

Don Quijote de la Mancha


    DIARIO DE UN DÍA CUALQUIERA:


    Cuánto esfuerzo diario sin siquiera tener por ello reconocimiento, levantarse a las cinco de la mañana por necesidad y no por anhelo de empezar el día, pero ¿qué pasa en el instante inmediato de saltar de la cama? la mente empieza a producir: tengo qué hacer esto y lo demás, un baño a velocidad del correr del tiempo porque hay que salir de prisa después de dejar arreglada la habitación, el almuerzo para entretener el hambre antes del mediodía y regresar a casa en donde se supone hay comida completa. Caramba, han pasado unos cuantos minutos y he resuelto muchas cosas, es lo cotidiano lo de todos los días, ¿Podría decirse que he hecho algo extraordinario si lo hago todos los días?


     El tránsito apremia y hay que salir a tiempo, porque cinco minutos después complica el trayecto. Que no ocurra un imprevisto porque: ¡Válgame la Virgen, que con un minuto tarde, pierdo una buena parte del salario y, que no está el horno para bollos!


    Por hoy la libré, he llegado a tiempo al salón de clases. Allí veo llegar a esa niña que siempre es la primera en entrar, apenas tuve tiempo de respirar para entrar en calma y empezar el día, bastante similar a los anteriores, pero ni ellos ni yo somos los mismos de antes, así que esperemos algo interesante,


    Lo primero a trabajar matemáticas, que francamente no sé porqué tiene que ser tan difícil que la entiendan los niños, si a mí me queda todo tan claro, pero quizá será que tiene uno que crecer para comprender que dos y dos son cuatro. Tal vez.


    Pasan las horas y el trabajo como en lucha campal, ellos a desordenar y yo a ordenar, ellos a platicar y yo a solicitar silencio. Todo parece banal. Y eso todos los días. ¿Será extraordinario si lo hago en cotidiano?

 

    Después de un día de dimes y diretes, se acaba el trabajo, es la hora en que los padres vienen por sus hijos, gracias a Dios, y yo, con toda sinceridad les confieso: este es el momento más feliz de la jornada, el momento en que les digo, hasta mañana. Es la pura verdad, que cuiden a sus criaturas, que bastante descuidadas están.


    Salgo al estacionamiento y tengo que esperar de tres a cuatro o más minutos frente al reloj checador para que marque las tres, pequeño tormento, porque, ay de mí, si checo antes de esa hora, le cuesta un buen pellizco a mi salario de por sí, bastante precario.


    Me subo al coche volando y me santiguo pidiendo a Dios, que, aunque no es agente de tránsito, por favor me haga el milagro de quitar de mi camino de regreso a los traileros, a los de las pipas de gas, a los refresqueros, a los motociclistas que ellos sí  no tienen ni conciencia ni paciencia, para poder cruzar un puente que me lleva por lo menos cuarenta minutos poder atravesarlo. Ay Dios lo logré, casi ni lo puedo creer.


    Por fin llego a mi casa, a mi refugio querido, a mi espacio de seguridad, gracias Señor por haberme permitido un día más de trabajo. Parece que fue bastante igual a lo que hice ayer y anteayer y tantos otros días.


    No hice magia, no fue ni especial ni diferente, solo hice lo cotidiano.


    Sí, esto es lo cotidiano, ¿podré encontrarle hoy y cada día lo extraordinario? No lo sé.


    Ojalá Don Quijote me lo aclare, me haría muy feliz con su respuesta porque a mí, la mera verdad, la duda me queda.

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