La muerte a gotas - Esther Solano



A veces, la muerte se presenta de a poco.

Empieza con una punzada, un carraspeo, un adormecimiento en la punta de los dedos.


Cae como aquella tortura china, continua, constante, líquida, paciente hasta lograr horadar el mismo cráneo, tatuando el mensaje: la vida es finita, el final se acerca.


Un día notamos que la muerte ya sembró su semilla en nuestro interior, bebe nuestra sangre, germina y echa raíces en nuestro vientre. Crece un tallo cual enredadera en torno a nuestra columna vertebral, tiende ramas por los bronquios hasta que una flor se abre camino por la delgada piel del hombro derecho o una fruta madura redonda y jugosa en el interior del cerebro.


Es la muerte a gotas, parásita, que alimentamos en la boca, cucharada a cucharada, con nuestras propias manos.


Paciente, taimada, lenta y segura de que al final vencerá.

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