Ofrendas familiares - Carmina Hernández Encarnación

Al acercarse el día de muertos, mi amá hacía preparativos para irnos a su pueblo, generalmente invitaba a su hermana Teodora con tres hijitos, al tío Felipe con otros tantos y mí jefecita con tres chamacos inquietos y correlones. Previo mercaba una gruesa de flores generalmente gladiolas y nube. También le gustaba llevar pan a sus hermanos.
El camión estrella roja de segunda salía de por el rumbo de la Merced, creo que en Soledad. Con todo lo que llevaba, más las flores y los panes, subíamos en bola a ganar lugar porque en esos camiones sí que suben a todos los que se pueda, algunos iban parados generalmente entre un montón de bultos y huacales.
Por la puerta delantera era la subidera y para bajar era en la parte de atrás. Cuando era la bajadera era bien divertido, nos bajaban como bultos, igual a los que mi amá que llevaba.
El pueblo distaba 10 kilómetros de donde nos dejaba el camión. Generalmente mi abuelo o algún hermano de mi jefa, traía: burros, machos, caballo o yegua para llevar los bultos y a nosotros los chiquillos.
Llegábamos a la casa grande, o sea a la de los abuelos, aunque mi abue había muerto, estaba mi abuelito con su nueva esposa doña Angelita y no preciso a otros familiares. La ofrenda ya la encontrábamos puesta, en una gran mesa de madera maciza, muchas veladoras y velas, aún no contaban con electricidad.
La casa era de dos pisos, una angosta escalera conectaba con el piso de arriba. Dormir ahí era un tormento chino, porque con esa iluminación la imaginación es fértil, ves figuras danzar con tu mente infantil. ¡Ah! pero antes de dormir estaba la cocina y otra mesa grande donde se preparaba el delicioso pan de pulque.
Los señores eran los encargados de amasar la masa, ya leudada nos daban a cada chiquillo, para hacer la figura que se nos ocurriera, que se convertiría en pan, por supuesto que se hacían los clásicos huesitos, para adornar el pan redondo se le ponía azúcar o ajonjolí, previamente se barnizaba con una flor de cempasúchil, el huevo.
Los señores eran los que los ponían en unas grandes palas de madera, y así se metían a la boca del horno, hecho de puro adobe como una cuevita, previamente lo habían calentado a punto de ardor, entraba el pan y se cerraba la boquita del horno. ¡Mmmh que olor! Los panes los podíamos hacerlas con figuras de perros, caballos, peces y los clásicos.
Ya entrada la noche nos mandaban a dormir a todos los chiquillos. Esos panes eran colocados en la mesa de la ofrenda una vez que se habían enfriado. En la mesa aparte de las veladoras, montones de fruta para cada difuntito. Su guiso favorito acompañado de tortillas en una servilleta bien bordada y sin faltar su pulquito, también frutas: manzanas, tejocotes, cañas, naranjas, todos colocados en platos de peltre.
Al día siguiente nos íbamos al camposanto, que se encontraba subiendo una ladera, lejos, lejos, ahí terminaba el pueblo. Para mi infantil vista era grande y realmente no sabía que había ahí, pero mi amacita sí. Llevaban cubetas con agua, las flores que había traído, más otras más mercadas ahí mismo, con sus amigas o conocidas. Lavaban la tumba de sus tatas, de mi guelita y dos de sus hermanitas que habían muerto en pandemia de sarampión.
En veces llevaban comida y ahí comíamos todos, sentados en las tumbas frías, porque tenían azulejo.
Ya por la tarde regresábamos todos cansados de tanto jugar y correr entre las tumbas de la familia, muchos descansaban ahí, varias generaciones. Íbamos a la casa de mi tía Cata que vivía del otro lado del pueblo rumbo al río del Tenerife, siempre estaba en la cocina, con su lumbre puesta y un comal grande, ahí tostando habas verdes, tomates y chiles, para unos tocos de tortilla fresca y salsa de molcajete.
Algunas veces también se armaba ir al río y no podía faltar la comida ¡Por favor! Los grandes generalmente conversaban, nosotros a correr a meternos al agua, que era bien fría, correr hacía arriba y hacía bajo.
Bueno, pues casi al terminar los días que mi familia había previsto estar en el pueblo pus a juntar nuestras chivas y prepararnos pal regreso. Se levantaba la ofrenda y nos tocaba a todos, fruta y pan, como ese en ningún lugar ni tiempo.
En estas fechas y otras tantas no olvido a mi amacita, con su deseo de hacer comida y compartirla con la familia.
Me gustaría hacer como mi jefa, agarrar mis chivas e ir a mi pueblo. ¿Pero pa´ qué? si la mayoría se ha ido al otro barrio, esas costumbres eran de antaño, ellos lo hicieron por que los tatas, es lo que estilaban, a mi tocó hacer pan y comerlo tan suave y duro, pero con un sabor que sabe a familia.
Para toda mi parentela con quienes gozamos de ese tiempo y de nuestras amaces.




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