Parafraseando a Serrat y sus pequeñas cosas
“Son aquellas pequeñas cosas
que me dejó un tiempo de rosas
en un rincón, en un papel o en un cajón.”
Joan Manuel Serrat.

Cuando escucho a Joan Manuel cantar sobre sus pequeñas cosas, me siento agradecida por ayudarme a cantar sobre las mías, esas pequeñas cosas que tienen un significado que alimentan el alma que va más allá de su costo real.
Ese pequeño reloj como colgajo, que una de mis nietas me compró cuando hizo un viaje, lo trajo pensando que a mí me gustaría. Me encanta.
Ese papelito que otro de mis nietos escribió, agregándole un dibujito, que representa su cariño por mí. Me encanta.
Esa carta que escribió cada uno de mis hijos cuando decidieron, en un diferente tiempo, cruzar fronteras para buscar horizontes y que me sirvió para pegar los pedazos del corazón que se rompió al verlos partir. Ahora me encanta.
Esa nota del costo pagado por la atención hospitalaria cuando nació mi quinta y última niña y que ahora, al hacer el cálculo me parece un regalo. Ella y el papel me encantan.
Ese documento que enmarqué el día que lo encontré, organizando papeles de Tía Susa, y que amparaba el pago realizado por mi abuelo cuando compró el piano, ese personaje majestuoso que preside mi casa. Verlo me encanta.
Esa receta que un día me encontré en un cuadernillo cualquiera y del cual encontré instrucciones para hacer unos buñuelos, cuando mi pequeño todavía no tenía hermanos, pensando si le gustarían, los hice por primera vez. Ahora los sigo haciendo porque me di cuenta que sí es algo que él espera cada año y le gustan. Eso me encanta.
Esa foto de mis cinco criaturas que un día una amiga llevó a que se la tomaran como agradecimiento por aquellas sencillas clases que le di a su hija. Al contemplarla me encanta.
Esa hermosa caja de madera con las cartas que mi padre escribió a mi madre durante su breve noviazgo, conservarlas para leerlas y para que las conozcan quienes han venido después de ellos, sabiendo que de allí viene su procedencia. Eso me encanta.
Ese cuento sencillo de Mi Petirrojo Mensajero que un día de tantos me inventé y lo escribí para mis nietas, y así decirles cuánto las amo, cada que lo veo. Me encanta.
Esa carta que me dio en propia mano mi hijo que, sin ser el primogénito, fue el primero en salir de casa, por muchos días no pude leerla y cuando lo hice, no pude contener el llanto. Ahora tenerla me encanta.
Ese pequeño mensaje escrito en un trozo de papel que decía: disfruta y cuídalo, que un día me dio mi hijo. Amparaba ese hermoso aparato por el que cada día veo a quienes amo tanto y los tengo a la distancia, así se me consuela un poco el alma. Eso me encanta.
Esa pequeña libreta de argollas en la que, con perfecta caligrafía y exactitud ortográfica, mi mamá escribió sus recetas de cocina, no importa que no las haga. Tan solo verla me encanta.
Esa cajita en la que guardo cada felicitación de cumpleaños que: amigas, alumnos y mis hijos y nietos adorados, un día escribieron para que yo las tuviera. Esa cajita y su contenido me encantan.
Esas estampitas encontradas entre las curiosidades acumuladas de mi Tía, que se regalaban como recordatorios de bautizos y comuniones, hermosamente grabadas. Verlas me encanta.
Ese cuadro de veinticuatro pequeñas fotografías de cada uno de los integrantes de esta familia tan amada, fotos en las que todos tenían no más de cuatro años. Se ven hermosos. Verlo me encanta.
Esas charolas grabadas para dármelas en algunos días de cumpleaños, como el regalo de mis hijos, y que tengo expuestas como trofeos, al voltear a mirarlas, me encantan.
El gesto que mi niña amada tuvo para mí, de haber tomado mis manos para hacer juntas una oración cuando tuve una noticia preocupante sobre mi salud y desechar así la angustia, fue presagio de recuperación. Ese recuerdo me encanta.
Ese programa impreso que anunciaba que, en el teatro, mis niños de no tantos años, tocarían una pieza en el piano. Tan solo verlo me encanta.
Ese conjunto de cartas mandadas por correo trasatlántico de cada uno de mis hijos, que llegaban varios días después de haberlas enviado, una vez que las leí, desde entonces las guardé en una cajita y tenerlas ahora, me encanta.
Esa canción que primero escuché y después, en un rasgo de atrevimiento, canté junto con mi hermana, en una fiesta escolar, tan solo escucharla ahora me encanta más.
Ese beso que me dio mi abuelita bajando la escalinata el día que me dieron la bendición nupcial en la Iglesia. Ese recuerdo me encanta.
Aquellas cartas que mi papá me escribía cuando tenía que viajar por trabajo y firmaba solo con el apellido Uribe, para responderle, yo lo imitaba y así firmaba también, Uribe, recordarlo me encanta.
Ese papel que dice que a los quince años gané el primer lugar en carreras de intersecundarios del Distrito Federal, me da sentido del poder hacer y lograr. Eso ahora me encanta.
La colcha que armé con los cuadros que mi mamá dejó tejidos y que, por su repentina partida, no la pudo terminar, haberla armado para verla sobre la cama en mi casa, me encanta.
Esa foto de mis hermanos y yo juntos, nosotras cuatro ochentonas y él arañando el final del séptimo piso y todos vivitos y coleando gracias a Dios. Me encanta.
Recordar imágenes de esa hermosa película Matar un Ruiseñor, me encanta.
Ese poema que escuché en voz de Rafael de León, La Profecía, me llena de emoción repetirlo. Eso me encanta.
¿Cuántas más pequeñas cosas que tienen más valor que el oro en lingotes, puedo recuperar, como dice Serrat, en un rincón, en un papel o en un cajón?




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