Partir la casa en dos - Esther Solano

La grieta se abre, la casa queda partida en dos.
La línea divisoria no es lisa.
Se resquebrajan las habitaciones, los estantes,
caen los libros por los suelos, las fotografías, los platos, se rompen al caer, con estrépito,
como antes rasgaba el aire las risas de los niños.
Ese crujido es sordo, como un gigante que gime de dolor.
Después, llantos sonoros y con hipos, lágrimas que ruedan por las mejillas, abundantes.
Y al final, el silencio.
El agua se escapa de las tuberías rotas,
desde el techo, como una cascada,
escurriendo por las lámparas, empapando las paredes como llanto.
Al mismo tiempo hay agua que brota lentamente por entre las grietas en el piso,
anegando sin descanso, ambas mitades de la casa, agua estancada, como rencores añejos.
Como esas cuentas que dijimos perdonar y al final...
Al final, las tenemos registradas en tinta indeleble, en ese pergamino que también se partió en mitades desiguales de culpa e ira.
Reproches que saltan como las astillas de la madera al rajarse.
Dolor que se escapa, inunda,
e impregna de “hasta aquí”
lo que creímos sería “para siempre”.
Ilustración: Imagen de Belinda Fewings en Unsplash




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