Sangre de mi sangre – Esther Solano

Updated: Jul 19



Engendrado, no creado: así es cada ser humano que camina por la calle, ninguno de nuestros compañeros de viaje fue moldeado en barro, ni traído a la vida por un soplo divino. Todos y cada uno de un origen tan orgánico como mínimo: dos gametos que se encuentran, complementan y transforman en la primera célula de la nueva persona. Cuarenta y seis cromosomas que contienen toda la historia de los hombres y mujeres que nos precedieron.


Cada detalle de nuestro rostro y cuerpo, incluso de los órganos que nunca veremos, ese corazón que latirá cada minuto hasta el final. En ese primer instante, posiblemente se encuentra codificado la falla que será la causa de nuestra muerte. El diseño de cada individuo de los pies a la cabeza. En cierta manera, los dados están echados desde el primer momento.


El color de los ojos y de la piel. Las facciones y la forma de la nariz. La estructura ósea que hace que nuestra silueta se reconozca aún en la penumbra. Esos rasgos que nuestra pareja encontrará irresistibles, la estatura que nos impide jugar profesionalmente un deporte, la velocidad que permitió sobrevivir a nuestros ancestros.


Cada nuevo ser toma con derecho lo propio: El lunar en la mitad de la mejilla de la tía, los rizos que se curvan en la frente de la abuela, los labios delgados del bisabuelo que cruzó el mar sin más equipaje que la ropa puesta, las espaldas anchas del padre, los dedos largos de su madre. A pesar de cada rasgo heredado, una nueva persona, ella misma.


Genética no es destino. Es principio, pero no fin. La historia se escribe entre esos dos extremos. Posibilidades finitas, límites físicos, eventos, eventualidades y decisiones: las notas que tejen una melodía sin igual.




Ilustración: Fotografía de Isabella Angélica en Unsplash

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