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Tradiciones Decembrinas - Marichoni



    Llego diciembre, el último mes del año, el número doce, aunque su nombre signifique diez, como lo era antes de que los emperadores romanos agregaran julio y agosto, haciéndose honor a sí mismos.


    Pero el nombre no cambia la tradición, salimos a las calles y se encuentran repletas de la hermosa Cuetlaxóchitl, flor de Nochebuena o de Pascua, como se conoce, con sus colores que van del rojo intenso pasando por el rosa a llegar al amarillo pálido, cualquiera es una belleza y es de esos productos que México dio al mundo y que ahora no se puede prescindir de ellos.


Tan solo con mirarla la alegría de la época se despierta y cambia el estado de ánimo en las personas, a pesar de la complicación que ofrece el tránsito en la gran metrópoli, parece que diciembre nos vuelve más amables y tolerantes.


    La presencia de esa flor nos dice que las fiestas y reuniones se avecinan y que la alegría será la constante en nuestra relación con las personas.

    Sí, diciembre nos habla de fiestas.


    Las calles se ven saturadas de pinos que esperan ser comprados para que adornen por un buen rato casas, negocios y templos, con hermosas esferas e imágenes colgadas y con luces multicolores, sobre sus hojas perennes, como significado de la eternidad del amor de Dios.


    Los peregrinos que se ven por las calles, en su caminar hacia el santuario de la Virgen Morena, buscando su protección y a la que todo México celebra en su santo, el día 12, es símbolo de nuestra identidad nacional, hay que ir a cantarle Las Mañanitas y después disponernos a un buen almuerzo a la mexicana, tamales y atole ¡qué delicia!


    Cuatro días después empieza la tanda de posadas, nueve para ser más exactos, del 16 al 24, como preparación para la venida del Niño Jesús, que nos traerá la buena nueva, la alegre noticiade de sabernos amados. Así casas, negocios, templos y restaurantes se ven imbuidas de un pesebre que traerá la esperanza renovada, porque la Buena Nueva nunca decae.


    Terminan las posadas con la cena de Nochebuena, en la que volvemos a mezclar elementos que integran nuestra identidad, los ricos platillos en los que nuestras dos raíces se unen para demostrárnoslo, pero no se acaban allí, el recalentado del día 25 nos vuelve a reunir, nos vuelve a centrar en el motivo de la Navidad, renacer a una nueva actitud y responderle a la vida con mayor bondad y una fe acrecentada.



Y terminar, lógicamente con la Noche Vieja para agradecer todas las bendiciones recibidas en el año, que siempre son más en número que los dolores, pero a veces no sabemos ponerlo en la balanza y lo acrecentamos. Además de compartir una cena preparada con amor y cuidado, es el momento de generar los propósitos para vivir de manera más plena, más consciente y de mayores logros, entre ellos el más importante, generar una acción de servicio que permita convertir este mundo en más humano y generoso.


Ilustraciones:

Fotografía de E. Quintanilla en Unsplash

Fotografía del Archivo de la propia autora

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