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Hermanas - Esther Solano


La maternidad nos llega a veces sin invocarla, como diría el dicho “al que nace pa´tamal del cielo le caen las hojas” que podemos reescribir diciendo “a la que nace para Mamá del cielo le caen las hijas” ese fue mi caso cuando siendo yo una niña, cuando nos mudamos al pueblo.

 

Estando allá fue necesario en ocasiones ser un poco madre de mi hermana, esto mientras la nuestra trabajaba y se trasladaba desde y hasta la hermosa Ciudad Universitaria, que desgraciadamente quedaba lejísimos. Nuestro padre se iba más tarde y regresaba antes, él sólo iba a Azcapotzalco.

 

Así que mientras mi madre y padre laboraban, yo sentía la responsabilidad de cuidar de mi hermana tres años menor.

 

Fue una maternidad imperfecta y salpicada de envidia, pero también muchas veces impregnada de la ternura que inspiraba mi hermana con sus piernas de popotito, sus trenzas y la sonrisa puesta desde que se levantaba. Podía no entender los sentimientos encontrados, pero nunca pude dejar que alguien le hiciera daño si yo andaba cerca.

 

La situación cambió, nos mudamos de regreso a casa de mi abuela y mi maternidad se pausó, aunque nunca fui la misma de nuevo, la maternidad no se puede sacudir de la piel y el corazón, pero fue bueno volver a ser niña y no tener la responsabilidad de calentar la sopa.

 

Pasaron los años y regresamos al pueblo, a veces la miraba desde la ventana de la recámara de mis padres, corriendo y jugando con los niños de la familia vecina, la veía muy feliz y me enojaba no sentir el mismo impulso de salir a patear el bote. No sentirme invitada a ese jolgorio de risas y gritos, creo que si hubiera salido, me habrían aceptado, pero yo era una niña y no lo sabía.

 

Podía suceder que saliéramos al patio y al regresar ella trajera sus rodillas raspadas, mientras ella venía feliz porque se las raspó jugando y logró el jonrón para que su equipo ganara, yo caminaba enojada porque la traía lastimada de regreso a casa y había fallado en protegerla.


Tuvo que pasar el tiempo para ser hermana de mi hermana, para dejar de mirarla como una niña pequeña que había que cuidar y a la vez sentir el peso de la responsabilidad de que estuviera bien.


Mi hermana se volvió mi par, caminábamos una al lado de la otra para regresar juntas de la escuela, cada una cargando su propia mochila, acompañándonos. Compartiendo historias, anécdotas, bromas. Con el tiempo fuimos cada vez más hermanas, más amigas.


Después me adelantó en tantas cosas, entonces yo la seguí y cuando más he necesitado de ella, me ha protegido y cuidado.


Juntas seguiremos caminando, ayudándonos, cuidándonos. Siendo hermanas.


Ilustración: Fotografía del archivo de la propia autora.

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