Una cama con historia- Aliria Morales Balcázar

Updated: Dec 7, 2021


Ahí estaba, en ese lugar, esperándome, sabía que iría por ella algún día. Era verdaderamente hermosa, sobria, antigua; tenía dos águilas en el centro que parecían volar. Era la cama de latón que tanto había esperado. Cunas que parecían de princesa de cuento. O de alguna casa porfiriana, esa cabecera destacaba por su belleza.


Pregunté el precio. Era carísima. No podía pagar algo así. Era mucho dinero para mí. Lo que yo andaba buscando era una casa que estuviera en venta, en el rumbo de Coyoacán, pueblo mágico, pero no encontraba nada. El dueño de la tienda donde vendían las camas era un joven que se estaba yendo a vivir a Guadalajara. Él me dijo, te vendo mi predio, donde hacemos las camas de latón. Es como una bodega; ahí tengo guardadas las mejores camas antiguas y también las cunas de cuento, como tú les dices.


Ese día, platicando, le vendí un cuadro. Me preguntó, por qué quieres comprar aquí. Yo le dije, aquí viven muchos artistas, escritores, poetas, pintores, como Flor Minor, Susana Cato, los nietos de Aurora Reyes y muchos más, y caminar por sus calles empedradas sería como vivir en otro tiempo.


Se quedó pensando, claro y tú que eres pintora, te gusta la poesía escribes, deseas vivir en ese ambiente bohemio. Me gusta mucho Coyoacán, afirmé. Tiene un aire especial; se respira poesía, nostalgia, historia.


Te vendo mi bodega, volvió a decir. La verdad, yo soñaba desde niña con una cama de latón antigua; imaginaba que una cama así me haría soñar cosas de otras épocas; si la cama había sido de una escritora, yo soñaría cosas interesantes, profundas.


Cuando era pequeña, mi cama era una litera; en mi cuarto había tres literas donde dormíamos las seis hermanas; claro, yo dormía arriba; desde ahí veía la luna grande, hermosa, casi entraba por mi ventana y todas las noches mi madre nos contaba un cuento. Luego yo soñaba. Me veía ahí, en el cuento, con brujas, con gnomos y duendes.


Con una cama de latón, mis sueños cambiarían. Pensaba que de grande tendría una cama antigua de latón. Como la de aquel rey del cuento que nos contó mi mamá. Mi muñeca, sí tenía una cama hermosa, yo se la había dibujado.


Me gustó la idea. Fuimos a ver la bodega. Estaba pasando la calle de Miguel Ángel de Quevedo. Me pareció hermosa, el pueblo más antiguo de México Los Reyes Coyoacán, ahí estaba.


Tenía algo especial. Cuando estuve ahí, comentó, en esa esquina del callejón había una toma de agua. Ahí se reunían el Che Guevara y Fidel Castro; ahí se gestó parte de la Revolución cubana. Ahí, señalando la barda de piedra negra de ancho que colindaba con el callejón. Aquí platicaban largas horas. Llegaban con otros personajes. Eso me lo contó mi padre, dijo él. Yo estaba feliz con la historia que me narraba. Imaginando al Che Guevara. Ahí, donde algún día sería mi estudio. Me hubiera gustado mucho comprar una cama de las antiguas, pero no fue posible.


Al poco tiempo, el lugar era mío. Esas camas eran del tiempo de la Revolución mexicana y la Cristiada. Pero ya había conseguido el lugar preciso para vivir, crear y soñar. Tomaba un curso de superación personal en La Condesa. En cierta ocasión, subí el tercer piso. La puerta estaba abierta. Desde afuera podía ver la hermosa cabecera. No sabía qué hacía ahí. Yo creo que me estaba esperando. En cuanto bajé, le pregunté al velador de lugar. Señor, ¿sabe usted de quién es esa cabecera que está en el tercer piso?


La puerta estaba abierta. La vi. La cabecera era de la abuela de Miguelito, dijo el velador. ¿Está Miguelito, pregunté? me respondió, no, viene cada ocho o quince días.


La cama era de su abuela, él quería mucho a su abuelita. No creo que se la venda. Por favor pregúntele. Miguelito de la Madrid no va a vendérsela, estoy seguro. ¿Miguel de la Madrid el hijo del presidente? Sí, y dijo, dirá que no, bueno le puede dar el recado, se va a enojar. Dígale que la cuidaré mucho, ahí se la va a echar a perder. A mí me gustan las cosas antiguas. Le escribí y le dejé una carta donde le decía: Mira Miguelito, yo soy pintora y tu abuelita fue la mamá del presidente, la cama podría estar algún día en un museo.


Pasó un mes y nada de noticias. Un día sonó mi celular. Era el velador: que me dijo; dice Miguelito que sí, que venga hoy por la cabecera. Como él no está, yo se la voy a entregar. Voy para allá. Menos mal que tengo dinero pensé. Había vendido varios cuadros pero pagaba mi casa. El vigilante subió la cabecera desarmada en la camioneta. Cuánto, es señor, pregunté. No es nada. Miguelito se la regala porque sabe que la cuidará. Tenía ochocientos pesos, se los di al velador. Gracias, pero váyase ya, si llega, no se la dará, lo conozco muy bien.


Le di las gracias, y le dije, le entrega esta carta por favor. Ah, pero él dijo que le recordara que la quería ver en el museo algún día y sonrió. Así dijo, en el museo.


Desde ese día, mis sueños son verdaderas historias. Duermo en esa cama, la más bella. Yo creo que a su abuelita, le gustaba la poesía y las historias, me cuenta muchas todas las noches. Yo las hago mías.

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