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Érase una vez - Marichoni

Si los cuentos infantiles

alimentan nuestra niñez

podremos aprender sobre ellos.


    Érase una vez, así empezaban los cuentos de hadas que, durante la infancia, con solo escuchar esa frase, se nos agrandaba la mirada de pensar con asombro en lo que íbamos a escuchar.


    Hermoso tiempo de infancia en el que:


    Érase una vez una infancia en la que era creer todo a pie juntillas, sin cuestionar y sin juicio intelectual.  


Érase una vez una infancia que se vivía día a día, sin grandes planes de futuro, sin pensar en el pasado, solo importaba el día a día.


    Érase una vez una infancia en la que las fiestas se disfrutaban sobre todo la de la Navidad, entre padres y abuelos, hermanos y primos y sin el cansancio y solo el disfrute, de la deliciosa comida, adornos hermosos, villancicos, todo listo para celebrar.


    Érase una vez una infancia en la que la consigna era la alegría, el desenfado y la diversión sin ninguna preocupación, eso se ignoraba porque quién sabe a quién le correspondería.


    Érase una vez una infancia en la que poner la cabeza en la almohada, dormir a pierna suelta y soñar lo que en los cuentos se contaba.


    Érase una vez una infancia en la que lo mismo se reía que se lloraba, sin que mediara un minuto para pasar de una a otra.


    Érase una vez una infancia en la que al colegio se iba con todo gusto porque se iba a jugar, a disfrutar de la amistad, bajo el simple pretexto de aprender a leer y a escribir con ortografía y a contar todo aquello que rodeaba: los juguetes, las estampas, los brincos en la reata y los dulces que se consumían, porque las ganas de jugar se convertían en eternas, esas nunca se acababan.


    Érase una vez una infancia en la que se adquiría la responsabilidad y el respeto, el sentido del trabajo y la calidad para hacerlo, para que quedara como marca indeleble aún pasada la infancia.


    Érase una vez una infancia en la que no corría el tiempo, las hojas del calendario y las velas del pastel de cumpleaños, eran oportunidad de gozar, mas nunca de cuestionar qué sería del mañana.


    Érase una vez una infancia en la que sentarse a la mesa para consumir la comida, siempre era un descubrimiento, una sorpresa que ignoraba lo que había representado elaborarla.


    Érase una vez una infancia en la que los abuelos contaban historias que servirían para anunciar la vida y expresar el amor que ellos sentían por aquellos a los que llamaban sus nietos.


    Érase una vez una infancia en la que se coleccionaban platitas alisadas, canicas de formas y de colores y cajitas musicales, solo con la intención de guardarlas para poder contemplarlas.


    Érase una vez una infancia en la que se jugaba a esconderse con la creencia total de que nadie lograría encontrarlos.


    Érase una vez una infancia en la que el vestido nuevo emocionaba porque representaba un logro soñado, a partir de los relatos de los cuentos.


    Érase una vez una infancia en la que un helado era suficiente para secarse el llanto y olvidarse de las penas.


    Pero el tiempo corre sin detenerse en su marcha y una vez, frente al espejo percibiendo algunos cambios, surge la frase érase una vez una infancia ¿qué pasó con ella porque ya no la encuentro?



Ilustración: Fotografía de Ben White en Unsplash

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