A Gabilondo Soler, El Grillito Cantor - Marichoni



No había tenido la oportunidad de decirle a usted cuántas experiencias infantiles me acompañó y cuántas canciones suyas me llevaron a mundos desconocidos que pude acercar, al cantarlas una y otra vez.


Eran las siete de la noche y mi mamá nos llamaba –Niñas, empieza el programa- ¿Quién es el que anda allí? es CRI CRI, es CRI CRI. Y sentadas en el suelo, con las piernas entrecruzadas, frente a un pequeño radio de mesa, acompañábamos cantando la rúbrica que anunciaba que durante una hora, usted dedicaría el esfuerzo de su trabajo a nosotros, los niños. En esa época no había muchas cosas dedicadas a ellos, en general solíamos entretenernos entre nosostros, inventábamos personajes que hacíamos participar en las situaciones fantásticas que se nos ocurrían, por ese tiempo la principal tarea infantil era solo jugar.


El momento del programa era mágico, yo imaginaba a La Patita, con tan poco dinero en el monedero, comprando y regateando para que le alcanzara y poder, darle de comer a sus patitos, ya que su esposo, El Pato, era flojo y barrigón, nada parecido a mi papá. Al recrear a Los Tres Cochinitos acostaditos en su cama, esperando que mamá Cochina viniera a darles el beso de las buenas noches, creía que era yo la que cobijaba a sus pequeños, utilizaba a mis muñecos para ejercer esa maternidad simulada y tapándolos en sus cunitas, les cantaba El Juan Pestañas que llegaría oportuno para que la agotada mamá, que todo el día los cuidaba, les viera cerrar los ojos y pudiera descansar. ¡Cuántas veces se la he cantado ahora a mis nietos!


Si en alguna ocasión despertaba a media noche asustada por los fantasmas que creía ver en las sombras, los cambiaba por El Baile de Los Muñecos y me tranquilizaba imaginando a la Cocorica y Miguelito bailando juntos a las tres de la mañana, y llamaba otra vez a Juan Pestañas, así podía volver a dormir hasta el día siguiente. El Marinero que con su canto llamaba a las Sirenas o La Orquesta de Animales, que tan lindo cantaba mi hermana mayor, la que esuchaba tocar para que yo durmiera con toda tranquilidad.

Se decía que algunas de sus canciones eran discriminatorias, yo nunca lo sentí así, escuché a CRI CRI decirle a la Negrita Cucurumbé que no necesitaba cambiar su color: así Negra estás bonita, Negrita Cucurumbé.


El Venadito que se reflejaba en el agua, creyendo que era otro venadito el que estaba allí, siempre me inspiró ternura porque yo vivía rodeada de hermanas y a él lo imaginaba solo y con cierta tristeza, buscando otro venadito que le hiciera compañía.


Fueron múltiples las canciones que me sirvieron de anuncio a lo que yo haría en la vida. No nada más Los Tres Cochinitos, también el Ropero de la Abuelita, que retrataba el de la mía, en el que ella guardaba sus tesoros, y después a mi madre, la abuelita de mis hijos, yo los descubrí cuando ellas ya no estaban. Ahora lo comparo con mis cajones llenos de objetos escondidos que comparto con mis nietos cuando sus papás no están, y se los muestro con misterio, haciéndoles creer que solo ellos lo pueden devela.


El Maestro que furioso regaña a su alumno que le contesta que la Jota es un baile español, cuando él esperaba que le dijera que era la letra antes de la K del abecedario; ese maestro me retrata cuando le pido a mis alumnos que respondan lo que ni siquiera aparece por su mente, ellos se hallan preocupados por platicar con sus compañeros o por esperar el momento de irse al recreo para jugar.


El Caminito de la Escuela que habla de esos animalitos que llegan con sus libros bajo el brazo, al estilo de mis alumnos a los que veo llegar con su mochila al hombro, depositando toda su confianza en mí.


Y la Marcha de las Letras para aprender a escribir o la Lunada, que traje a colación la pasada noche de octubre en la que la luna llena le dio todo el sentido a otra canción que la define como la más hermosa del año. O Chonita y su Cotorro, ella lleva mi nombre pero yo no tengo ni pienso tener un Cotorro, o La Reina de las Abejas que desprecia al Jicote Aguamielero por su falta de aristocracia y lo manda lejos del panal, o la Ranita a la que le pregunto si sabe dónde está el gnomo. Y tantas canciones más…


Sí, CRI CRI, gracias por acompañar mi infancia, gracias por presagiar mi vida, gracias por su preocupación y su ocupación por los niños. Sus canciones las comparto con las nuevas generaciones, esperando que las disfruten. A mí me hicieron inmensamente feliz.

¿Quién es el que anduvo aquí? Fue CRI CRI, fue CRI CRI.




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