Doctor Pablo R. - Carmina Hernández Encarnación

Desde niña hasta ser adulta joven, padecí con frecuencia asuntos estomacales. O sea, para describirlo sencillamente el estómago es mi órgano de choque. A pesar de no comer en abundancia, padecía con frecuencia indigestiones. Un prestigiado doctor gastroenterólogo, que recientemente consulté me dió un diagnóstico que me dejó con la boca abierta. –Ese dolor significa que usted no fue protegida en su niñez – me dijo con tanto convencimiento, que no dudé en pensar en ello y que algunas cosas de mi vida que no me son agradables, se manifiestan en indigestión.
En lo cotidiano pues trato de sacar lo bueno de lo haya que masticar, casi no le busco “ruido al chicharrón”, ni “cuatro patas al gato” y será cosa de unos ocho años, que se me mete el chamuco, tú. Y peleonera como la caramba, para todo quería pelear y manotear. Estando en una reunión familiar, jugando cartas pus que me encanijo, y que me pongo como gorila, ¡pus no hasta dejé la reunión y me jui pa´ mi cantón!
Hubo otros cambios físicos, después de estudios clínicos, pus que tengo diabetes. La doctora amigablemente me dijo, –no se preocupe, teniendo todo bajo control, usted estará como si nada– Una amiga me dio el contacto de Pablo Doctor homeópata y acupunturista. Me dije "claro que iré" le apuesto un poco más a esta rama médica, que a la alópata.
Conocí durante esos ocho años a un ser humano, ya que podía llegar a la consulta con diversos síntomas, malestares del otro mundo, todo era superado con la sesión de agujas y medicamento. Varias veces pregunte que era, cual era su fundamento. Pablo generosamente me lo explicaba, no logré entenderlo del todo, solo valoraba mucho, el bien que generaban en mí.
Además de ser un gran conversador, hablamos de política, de la vida. De los amigos, de los cuencos, de los hijos, que generalmente terminaban en un abrazo y un beso. “hasta la próxima”. Entusiasta lector de Botellas en el Mar, siempre me animaba a seguir escribiendo.
Querido amigo y Doctor, te has ido como los grandes, buscando tu anhelo. Gracias por tu generosidad y compañía. Llorarte no me basta para lamentar tu pérdida. El consuelo que me queda es que no sufriste y que te encontrabas cristalizando un anhelo, seguramente seguirás charlando y filosofando.




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