Recordando a quienes se fueron - Marichoni

No heredamos la Tierra de
nuestros antepasados.
La legamos a nuestros hijos.
Antoine de Saint Exupéry
En esta nueva vuelta al sol, México vuelve a vestirse de Catrinas, de cempasúchil y de ofrendas para invitar a los que se fueron antes que nosotros, a volver en el recuerdo, en la memoria que no borra el amor con el que nos cubrieron cuando estaban entre nosotros, cuando su vida estaba en relación directa con la nuestra y recibíamos valores, ejemplos, actitudes y formas de responder a las circunstancias.
Un legado que nos entregaron sin formularios, sin instrucciones, sino a partir de su vida y de su manera de interactuar, con vivencias que dejaron huella, con expresiones que ahora acumulan sabiduría y con el testimonio de la autenticidad.
Sí, eso es lo que viste a México de calaveras coloridas, hecho inexplicable para otras culturas, pero mensaje de presencia viva para la nuestra.
Y ¿Por qué está esta costumbre mexicana tan arraigada en nuestra vida? ¿Por qué de un tiempo para acá la hemos hecho trascender a otras latitudes? ¿Por qué quienes no la poseíamos, poco a poco la hemos ido adquiriendo? ¿Por qué su significado se ha ido ampliando y ahora, hasta quienes no celebrábamos, lo hacemos? Será porque hemos descubierto significados y reconocido que es algo que nos da identidad.
Sí, la festividad se ha incorporado a nuestra costumbre y ahora entendemos que es una oportunidad de traer al presente a aquellos que tanto amamos.
Mis abuelos, esos personajes que, con su pedagogía de la claridad del compromiso de vida, me abrieron un camino para recorrer la vida de esa manera: con la claridad del compromiso.
Mis padres, esos seres revestidos de amor y respeto entre ellos y para mí, ellos me dijeron sin palabras, en la vida no hay camino hacia atrás, la posibilidad es avanzar de frente, promoviendo el amor y el respeto para nuestros pequeños y los no tan pequeños, esos que en ellos mismos llevan parte de nosotros.
El padre de mis hijos que les dio el toque con el que ahora los reconozco como los nuestros, trascendiendo hasta mis nietos.
Las tías, una paterna y dos maternas, que sin decir nada directamente, por su actuar comprendí cómo había que vivir, abriendo el corazón más allá de lo que toca, por ellas he podido expandir lo que soy y lo que puedo hacer para incorporar, en horizontal, a quienes son fuente de fraternidad.
Mi queridísima sobrina Alejandra, que con sus pocos años me enseñó cómo dejar un legado perdurable a los hijos porque, a pesar de la ausencia, cuentan con el camino marcado por honestidad y amor incondicional, como regla de vida.
A las amigas idas, casi hermanas, que, recorriendo junto a mí, parte del trayecto, al irse me dijeron Buen Camino, te espero.
Sí, ahora esa noche de muertos tan apreciada por muchos, vista con cierta indiferencia por pocos, se ha convertido en algo más que la repetición de una costumbre. Es ahora la celebración de la vida para los que amé y con su presencia en la memoria, entender los porqués y los paraqués que me ocurren hacia ellos y en esa noche vuelvo a decirles: gracias, gracias por haber sido y por haber estado, en mis actos se harán presentes, y con mis palabras procuraré que descubran con cuánta gratitud los traigo este día y siempre al mundo que dejaron.
Ilustración: Fotografía de Gadiel Lazcano en Unsplash




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