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El cielo - Patricia De La Rosa



Ayer fui a un cerro. Otra vez. Estaba muy arriba. A más de 3,200 metros sobre el nivel del mar. Pero en esta ocasión no recorrí en un lento andar el sendero que lleva a la cima, mucho menos lo corrí.


Llegué hasta arriba en una troca 4x4. Y con mi jefe y la familia de ejidatarios a la que íbamos acompañando, bajé en un sembradío de papa. Era día de cosecha y había que hacerlo todo a mano.


Con nula experiencia en pizca, me dieron una rápida lección sobre cómo usar el azadón. Y ahí fui. Armada con mi herramienta me dispuse a sacar cuanta papa pudiera durante la jornada. No llevaba mis guantes por la sencilla razón de que no tengo. Olvidé mi sombrero. Para comer llevaba unas galletas secas, pero no suficiente agua para pasarlas. No olvidé embarrarme de bloqueador.


Distinguí los surcos y me puse a trabajar. Primero mi jefe trabajó el azadón y yo lo seguí avanzando en cuclillas desenterrando papas. Acepté los guantes que me ofreció. A esa altura el oxígeno no era tan abundante como las ganas. Así que cuando mi jefe se cansó del trabajo físico más duro, intercambiamos tarea. Yo al frente con el azadón, el atrás recogiendo papas. Acepté el sombrero. Y de cuando en cuando, volvíamos a intercambiar.


La familia de ejidatarios, papá y dos hijos, hacía lo suyo. En la pandemia limpiaron terrenos para matar el aburrimiento y el hambre que cayeron en esos días en que se congeló la rutina. No le temían a los cara de niño porque son feos, pero no hacen nada. Y el abuelo hace no mucho era activo. Pero ya no camina, no habla y no ve. Todo eso me dijo el hijo de en medio.


El menor me regaló frambuesas silvestres, me salvó de ser mordida por una salamandra y logró que olvidara el cansancio gracias a que me compartió todas las aventuras vividas hasta sus 7 años.


En algún momento la familia creció. Llegó la tía con su esposo que sólo “iban por un costal de habas, pero sacamos cuatro”. Y que estaban contentos porque “este año sí se dieron las calabazas”. Y también maravillados porque “¡mira cuánta papa!”. Y se quedaron. Él tomó el azadón. Ella desenterró la papa.


Varios pasos de nube y unos 200 kilos de papa después, me senté bajo la sombra de un árbol satisfecha con mi trabajo y consciente de que carecía del cuero en las manos, del resorte en la cintura y de los globos en los pulmones para dedicarme a eso de tiempo completo. No nací en este lado del campo.


Me entró prisa por irme. El trabajo estaba hecho y lo único que faltaba en mi día era regresar a casa, quitarme los kilos de tierra que llevaba pegados al cuerpo, comer y echarme a descansar. Pero nadie exhibió prisa por irse. Y la familia creció una vez más. Se unieron la mamá y el hijo mayor.


“Prende el fuego”, le dijo el papá al hijo de en medio. “Baja las tortillas de la troca”, le dijo al hijo menor. “Nosotros traemos agua natural y agua de jamaica”, dijeron la tía y su esposo, que ya descansaban sobre una alfombra de pasto. “Metamos a las brasas las papas cosechadas”, dijo la mamá. Y el hijo mayor sacó víveres de la mochila: queso, aguacate, chicharrón, jamón y jalapeños.


Y mientras se desarrollaba aquello, solté el cuerpo. De mí no dependía irme, así que dejé de luchar contra la prisa de regresar a mi casa que en ese momento sentí tan vacía de gente. Me recosté junto a mi jefe, rodeada de esa familia de ejidatarios que poco a poco se fue multiplicando, y no saqué mis galletas, no por falta de hambre, sino por vergüenza. Me acabé mi agua.


“Hazte un taco”, me dijo la tía. “De aguacate y chicharrón”, me recomendó mi jefe. “Aquí tenemos agua”, me recordó el hijo menor. Y agarré del fuego una tortilla calientita, cubierta de cenizas, y enrollé mi taco con mis manos cubiertas de tierra. Me acarició el sol. Y a pesar de llevar horas estando tan arriba, a más de 3,200 metros sobre el nivel del mar, no fue sino hasta ese momento que me sentí cerca del cielo.


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