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Los sopes de mi infancia - Carmina Hernández Encarnación




A media cuadra de mi escuela primaria, una señora vendía sopes con la ayuda de su hija. Esos sopes solo eran con salsa roja o verde, queso Cotija y cebolla finamente fileteada, nada más, sin ningún ingrediente adicional. El costo era de quince centavos. No como quiera tenía yo cantidad semejante. 


Iba en el turno vespertino, la salida al recreo era como a las cuatro, más o menos muchos corríamos a comprar nuestro sope gigante. Hasta nuestra maestra Lourdes pedía el suyo.               

En ese tiempo se podía uno salir, con permiso del conserje, sin peligro alguno. Recuerdo que íbamos bien contentos, corriendo echando “carreritas”

 

Su hija de la señora iba en mi grupo, pus hasta ella salía como tapón por el canijo sope, su mamá era seria y hablaba casi con la boca cerrada, pero se veía que regaña a la niña, por salirse de la escuela.


Eso sí, sus salsas eran únicas y deliciosas. Pero surgió la competencia a la vuelta una copia fiel de los de la má de mi compañerita.

 

Ahí en el nuevo local eran amables y hasta permitía que cerquita casi dentro del local, se pusiera una señora con un canasto de perones verdes, mmm, con chile piquín y sal. Se ponía difícil la cosa, o comías perón o sope. Esos sopes aun siguen de pie a pesar de que donde estaban tiraron el edificio y fincaron uno nuevo.

 

Se mudaron a una cuadra, a mi me encanta regresar por mi sope. A mi familia no le hallan chiste, no sé qué será, ¿será el recuerdo? o vaya usted a saber que es. Ahora se han diversificado, hay con bistec y cuanta cosa se le ocurra, sin faltar el refresco Mundet rojo.


Cuando voy me pongo re contenta.


Me gusta contemplar la cantidad de árboles que hay.

 

Muchos árboles de diferente follaje y flores, abundan las jacarandas, que, en semana santa, tapizan las calles con su primorosa flor alilada. Además, la ñora pone macetas grandes y pequeñas en la banqueta, y ahí mero pone bancos para que los comensales se echen su tremendos sopes, ya dan servilleta, porque antes daban papel de estraza.


Llegas te apuntan lo que te vas a jambar, escoges tu pedacito con banco y esperas que griten tu nombre, ¡y ámonos¡ a sentar en el banquito con plato en mano, y tu Mundet roja. A darle con singular alegría. Existe la modalidad de pedirlo, con más salsa y más queso, lo cual acostumbro pedirlo, eso permite chupar la salsita que escurre.


Algunas personas no le encuentran nada de extraordinario a esos “famosos” sopes, ahora que lo pienso, ¿qué es lo que me gusta? ¿Será que es un hermoso recuerdo atrapado en la salsa? ¿O veo mi infancia en esos hermosos árboles? –sepa la tostada– de que son únicos, lo son.


Ilustración: Fotografía de Bob Lacour en Unsplash

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