Morfeo Esquivo - Esther Solano


Pasamos un tercio de nuestras vidas sobre una cama. Eso dice un anuncio publicitario de colchones, insiste en que la inversión vale la pena. Coincido, un buen colchón para un buen dormir. O un buen cochón para hacer más llevadero un mal dormir.


Mal dormir en un lecho incómodo es peor que pasar horas de insomnio sobre una cama firme, diseñada para brindar soporte a esas largas e infaustas horas de la madrugada cuando el resto de los habitantes de la casa – incluidas las mascotas – sueñan rendidos en brazos de Morfeo.


Quisieras despertarlos a todos, con una campana de bronce, balanceando el badajo sin pudor con ira y furia hasta que despierten. Con una chicharra que se active con cada giro de tu cuerpo sobre el colchón buscando acomodarte para que el sueño desee invadir tu cuerpo tibio.


Mientras que, en ese colchón ortopédico con apoyo lumbar, cobertura anti-ácaros y colchoneta de bambú se convierte en el campo de batalla entre los párpados que se rehúsan a cerrarse y las manecillas del reloj que no paran de avanzar.


Son las tres de la mañana y si logras dormir habrás podido descansar tres horas de corrido, antes de que el despertador suene cual trompeta angélica anunciando una avalancha de tareas y las hordas de individuos llenos de energía que han dormido profundamente por ocho horas quienes para rematar han empezado su día con una considerable dosis de cafeína.


Te acuerdas de cuando niña compartías la cama –sillón plegable– con tu hermana y dormías bajo la protección de las imágenes religiosas que reinaban en aquella recámara que a su vez compartían con su abuela. Dormías de corrido, soñabas, aunque no recuerdes qué. ¿cuál era el secreto del buen descanso? ¿La inocencia de la infancia?


¿Cómo lograbas dormir en las camas de madera hechas por tu padre ingeniero y en colchones cosidos por tu madre politóloga? Piensas y tratas de recordar cuál era el truco. ¿Acaso el pan con leche que constituía la cena?


Ahora son las cuatro y sólo podrás dormir dos horas.


Viene a tu memoria la colchoneta tendida en el piso cuando visitabas a tu tía y todos se reunían y ya no había sillones, pero ella con una gran sonrisa en la cara decía “de pared a pared todo es colchón” y así en el piso, tú muy contenta dormías a pierna suelta. Hoy te tiendes en el piso y además de que de ninguna manera podrías pegar el ojo, tendrían que ayudarte a ponerte de pie un par de hombres fornidos.


Ya dan las cinco y una hora no te alcanza ni para entrar en fase REM.


Recuerdas ahora la hamaca en que hombres y mujeres del sureste descasan en un calor agobiante, rodeados de los más hambrientos mosquitos y duermen, descansan, sueñan. ¿cómo lo logran? Si tú con un pequeño mosquito en la habitación no podrás dormir por semanas, atrincherada tras velas de citronela y repelente.


En un par de minutos sonará el despertador, ahora tus párpados se dan cuenta de que hubiera sido buena idea cerrarse, pesan, te tienden la peor de las trampas dormitar cinco minutos antes de que suene la alarma.


Mientras continuas la batalla entre el sueño y la vigilia, cientos, miles, millones de soldados del reposo reparador, cada uno en su cama, catre, colchón, litera, hamaca, futón, bolsa de dormir, cartón, tapete, banca de parque, rincón se están burlando de tu insomnio: roncando y soñando, roncando y durmiendo, roncando y respirando acompasadamente. Entregándose a navegar paisajes oníricos, roncando y con cada ronquido mofándose de tu noche larga, oscura e infértil. Roncando a coro burlas e injurias contra tu perpetuo insomnio


Mañana en el transporte, podrás mirarlos con rencor, sin embargo, ellos parecerán ignorar tu odio gestado en esas horas que cada uno en su camita tendida con sábanas de algodón estampado con superhéroes o flores imposibles o simple y llanamente en colores lisos. Cada uno de ellos en sus pijamas a cuadros, a rayas, en batas de encajes seductores o simplemente en cueros, roncaron a coro burlas e injurias contra tu perpetuo insomnio.

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